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Néstor Hernández Alonso
Domingo, 17 de noviembre de 2013

A la leña

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En la segunda mitad del mes de noviembre, los vecinos de Calzada se organizan para ‘ir a la leña’, es decir, desplazarse hasta el monte para cortar la leña de encina que han de utilizar durante el invierno en sus cocinas. Uno por cada casa, hombre o mujer, acudirá al monte cercano a preparar las ‘morenas’, que luego en tractores o carros trasladarán a la tenada, el lugar destinado para su almacenaje.
Antes era una actividad costosa y duradera porque se realizaba con frío y sirviéndose de ‘hachos’ únicamente como instrumento cortante, aunque junto al trabajo también existían ratos de ocio destinados para comer y probar el orujo reciente. En la actualidad, el periodo es más corto, pues las cuchillas eléctricas se encargan de cortar las encinas precisas y hacerlo con prontitud.
En Calzada, como en todos los pueblos, las circunstancias han orillado a la leña de encina y ya apenas se ven tenadas, pero aún se va al monte cada noviembre. Dicen que la comida sabe mejor hecha con esta ‘lumbre’ y que el calor de estos troncos resulta más ‘amoroso’, y, en verdad, me parece una opinión acertada.
Esta costumbre consolidada me permite recordar la importancia histórica de los montes en la zona. Desde los primeros siglos de la historia se conoce la abundancia de terrenos boscosos, que las sucesivas roturaciones hasta finales del XIX fueron acortando. Sin embargo, los lugares destinados a monte o dehesa se mantuvieron porque la leña resultaba imprescindible para vivir. De ella se alimentaban  los hornos y las cocinas –pan y alimentos- y por ello los conflictos que la leña generaba en las distintas poblaciones o entre vecinos eran constantes. Las antiguas cárceles de Sahagún y Calzada saben mucho de los penados a causa de robos en el monte. El Monasterio de San Benito, conocedor del problema, colocó junto a su monte, llamado Monte Grande, un guarda para vigilar los cortes de leña que precisaba para sus hornos de pan y los braseros de las celdas de los monjes. Cada año era sembrado de nuevo. Los vecinos más humildes no conseguían participar de las ramas de encina y tenían que conformarse con los despojos: palos y ‘hornija’, que, por cierto, los frailes no regalaban sino que formaba parte de acuerdos entre el monasterio y el concejo. En una palabra, hasta finales del siglo XX, la leña, en esta comarca, poseía la importancia que hoy damos a la gasolina; sin ella la vida resultaría muy difícil.
Todo lo expuesto justifica el respeto y la devoción que todavía se manifiesta hacia los montes y las dehesas, los cuales salpican las extensas llanuras con sus colores perennes, cobijan a múltiples especies de animales, brillan como luceros cuando el sol cae desde lo alto y hacen que los recuerdos surgidos en la población no se olviden. Hoy como ayer los montes constituyen una parte relevante de la vida en nuestros queridos pueblos. Cuidémoslos por tanto. Unamos la belleza con la utilidad.

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