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Néstor Hernández Alonso
Sábado, 5 de abril de 2014

Llega Semana Santa

Junto a Navidad es el periodo en el que con mayor fuerza brilla la cultura popular. En pueblos y ciudades de cualquier región de España, encuentras variadas expresiones del alma religiosa del hombre, siempre impulsada por los grandes misterios que estos siete días encierran.
Desde el Domingo de Ramos, jornada del triunfo humano, al cual todos aspiramos, pasando por el Viernes Santo -el temor a la muerte-, hasta llegar al Domingo de Resurrección -esperanza y alegría-, los cristianos han dedicado a estos siete días escritos, cantos, representaciones teatrales, procesiones… Recordemos el terror y simbolismo de las Tinieblas, las representaciones vivientes de la muerte de Cristo, las letras de las canciones más conocidas: ¡Jesús, que triunfante entró, domingo, en Jerusalén!; Por la cruel bofetada que recibiste de Malco. Danos, Señor, buena muerte, por tu santísima muerte…
Pues bien, todo este enorme ‘edificio’, en la mayoría de las poblaciones rurales, se ha venido abajo y solo quedan algunas ‘ruinas’. Razones varias han colaborado: la ausencia de sacerdotes, la despoblación, la falta de continuidad en las generaciones posteriores… pueden explicarlo. Por eso, ante el riesgo de que poco a poco se vaya olvidando tanta cultura estimable, voy a tratar de recordarlo, basándome en mi pueblo, Calzada, que como los demás presumía de una gran Semana Santa, ahora muy reducida.
Se anunciaba con un gran cartel: Pilatos, colocado en el altar mayor, delante del retablo. Consistía en un mural de cartón piedra, en el cual aparecían los principales nombres de la Pasión de Cristo, presididos por un gran Pilatos, símbolo del mal, culpable de la muerte de un inocente. Siguiendo la moderna teoría de que una imagen vale más que mil palabras, este mural recordaba a la población la llegada de la Semana Santa y la obligación de rememorar el sufrimiento de Jesús. Carecía de valor artístico, es verdad, (probablemente hecho en alguno de los muchos talleres existentes), sin embargo, su valor histórico parece incuestionable, pues sustituía a los pasos, a las imágenes, y sobre sus reproducciones se apoyaba una forma distinta de vivir la muerte y resurrección de Cristo, fundamento de la fe cristiana.
Después venían las Tinieblas, que los ojos asustados de los niños presenciaban temiendo la total oscuridad; el Domingo de Ramos, con ramo y ropa nueva; el Alabado, un grito de dolor entre el silencio expectante de los fieles; las procesiones, con penitentes vestidos de blanco; las estrofas del Rosario de la buena muerte, desgranadas con crudeza para resaltar la injusticia de una muerte salvaje… Y todo ello vivido colectivamente, por niños y mayores, hombres y mujeres, con intensidad palpable, hasta el punto que la Semana Santa alteraba los horarios y los ritmos de vida de la población entera. 
Añoro estas manifestaciones, ejemplo de la cultura más arraigada, del sentir individual de cada pueblo y envidio a las poblaciones afortunadas, como Sahagún, que han sabido mantenerlas o, incluso, aumentarlas; pero confío en haber despertado conciencias, a pesar de que nuestra sociedad, tan materialista, parezca que mira para otro lado, confundiendo cultura y religión.

N.B.: El mural de Calzada, reflejo de su brillante pasado, acabó entre los escombros inútiles, que alguien, con poca sensibilidad, terminó arrojando a la basura. Para nosotros será más difícil recuperarla.

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