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Juan Giraldo González
Sábado, 5 de abril de 2014

La parca administrativa

Que algún órgano de la Administración te dé por muerto mosquea, al principio je-je, ji-ji… pero mosquea. Me ocurrió hace bastantes años, cuando la Seguridad Social cambió las tarjetas de dos páginas, tipo libreta, por las de banda magnética. La recibí por correo, allí aparecía mi nombre y apellidos completos con una dirección totalmente desconocida para mí, en una población donde nunca residí, además estaba considerado como pensionista, lo que me daba la posibilidad de tener medicamentos con coste cero (¡qué tiempos aquellos!).
Agotado el repertorio de bromas en el entorno, y la recomendación de mirar para otro lado y aprovechar las ventajas de la condición de pensionista por parte de alguno, decidí personarme en una oficina para ‘desfacer’ el entuerto. La funcionaria escuchó mi explicación sin quitar los ojos de la pantalla e inició una batalla contra el programa informático de la que me tuvo al corriente en todo momento, lo vivimos con la intensidad de una final de la Champions. Finalmente, con la satisfacción de haber ganado la guerra del sentido común contra la lógica tonta de la informática, nos despedimos efusivamente después de aclarado el error.
Esto fue un lunes de verano, dos o tres días después intenté programar visita médica en el ambulatorio que me correspondía cuando me dicen que fallecí el pasado lunes. La alternativa que me ofrecía aquella chica que empezó diciendo que era nueva, que la habían contratado para sustituciones y que me miraba con el pasmo de quien habla con el más allá, era que yo aportase una fe de vida para aclarar la situación. Le agradecí el consejo y regresé a la oficina donde supuestamente habían subsanado el error sin que me costase la vida.
La homicida virtual que me atendió pocos días antes había iniciado sus vacaciones sin ningún remordimiento, y en su lugar una veterana administrativa escuchó con mucho interés mi relato, comprobó en su ordenador que, efectivamente, se encontraba ante un cadáver administrativo, indagó si quien me quitó la vida era una rubia con gafas y esbozó una leve sonrisa al identificar a la ‘asesina’. Con la parsimonia y el rostro compungido de quien da el pésame, me dijo que la solución no estaba en su mano porque no podía modificar la base de datos. 
Reconozco que estaba muy alterado, ante la falta de respuesta amenacé con quedarme de cuerpo presente en la oficina y con aquellos calores de agosto empezar a descomponerme a ritmo acelerado, ya que llevaba varios días muerto. 
Después de un inexplicable milagro administrativo resucité y me asignaron médico sin derivarme al forense. 

Relato breve escrito en recuerdo del cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea, director de ‘La Muerte de un burócrata’.

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3 Comentarios
Fecha: Lunes, 28 de abril de 2014 a las 08:58
Piedad Luna
Muy bueno.
Fecha: Jueves, 24 de abril de 2014 a las 15:17
Metamorfosis
Es muy bueno.
Vamos, jeronudo.
Fecha: Miércoles, 23 de abril de 2014 a las 00:59
Montse G
Buenísimo! Imagínate la de posibles errores que quedan sin detectar. Es el tema que Spilberg quería subrayar en Jurasic Park. A mi una vez la telefónica me dijo que el edificio donde trabajaba mi hermana no existia porque lo decia el computador.

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