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Néstor Hernández Alonso
Sábado, 11 de octubre de 2014
FIRMAS

La belleza del otoño

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Hace unos días que ha entrado el otoño, y lo ha hecho con suavidad, cobardemente, sin cambios bruscos, tal vez pensando en los sacrificados vendimiadores (¡Cómo me duelen los “cadriles”!), quienes ahora recogen las uvas, que mañana se convertirán en vino, sin el cual las festividades se resentirían o incluso pudieran desaparecer. Gran importancia ha tenido el vino en esta comarca desde los romanos, al menos, y no solo como alma de las fiestas sino como alimento, junto al pan de trigo.
No obstante, no tiene buena prensa el otoño. De ello se han encargado los literatos y la religión, fundamentalmente, y desde ellos ha pasado a la cultura popular, hoy participada plenamente de esa creencia. Es verdad que con el otoño los días se acortan y las noche se alargan; que asoma su careta el frío y que la lluvia, almacenada durante el verano, quiere hacerse notar; que los pueblos pierden pobladores, reclamados por hijos y nietos, en la ciudad; que la naturaleza se para, pierde frescura; que la muerte parece que lo domina todo; que nuestra alma se llena de melancolía, de añoranza, de tristeza. Todo esto es verdad, y no lo niego; sin embargo, no oculta otros elementos positivos, que también existen en esta estación.
Os invito a salir al campo y a contemplar los valles, los montes y dehesas, los plantíos y las alamedas. Veréis una combinación de colores única, en la cual los tonos amarillentos y ocres se mezclan con el verde, pintando un cuadro de belleza inigualable. Si además acude la luz del sol, al mediodía, o el resplandor rojizo de la tarde a hermanarse con las hojas y los árboles, la visión os atrapará y os emocionará. Observad, sobre todo, los robles, variados, jugando con el viento. Y si, insistiendo, viajáis por la carretera nacional de Asturias, cerca de Santa Lucía y de Ciñera, se encuentra el Robledal de Fenar, un conjunto armónico de robles, que por estas fechas consigue una estampa tal que detendrá vuestros pasos, abrirá enormemente vuestros ojos, sorprendidos, y os obligará a exclamar: ¡Qué bonito!
Quizá no os haya convencido. Es mucha la fuerza de la tradición y de la cultura; pero, me gustaría que probaseis. Estoy seguro de que me lo vais a agradecer.
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