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Néstor Hernández Alonso
Miércoles, 26 de noviembre de 2014
FIRMAS

Conservemos lo antiguo

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En todos los pueblos existe algún edificio singular, tal vez sin importancia artística, pero sí histórica, por sus relevancia en tiempos pasados. Estos últimos días he visto alguno de la zona en Internet: escuelas, ermitas e iglesias, ayuntamientos o casas de concejo, enseñando sus años a los curiosos a través de viejas y amarillas fotografías. En mi pueblo, Calzada, alguno ha muerto, víctima de la desidia y del abandono, fruto del desconocimiento hacia una edificación de pasado glorioso y remoto. Otros siguen ahí, reformados, útiles, con funciones nuevas, adaptados a los deseos de la población actual. Me estoy refiriendo al Hogar Juvenil y a las viejas escuelas de niños y niñas.
El Hogar Juvenil ha servido para todo: salón de juegos, biblioteca, lugar de reuniones, teleclub… Recuerdo con añoranza, en los inicios de la década de los sesenta del siglo pasado, a la televisión abriendo los ojos de niños dormidos por medio de series americanas y al cura vigilando la puerta de entrada, si la película o serial no era tolerada (cortadas estaban todas). Aquellos programas derribaron fronteras y trajeron  ilusiones a las mentes infantiles de niños y niñas desconocedores de otros mundos. El otro edificio son las viejas escuelas, hoy convertidas en centro de formación de Asprona y en un bonito albergue de peregrinos, ambas adaptaciones afortunadas y cómodas. Cuando entré en la escuela de niños, oí de nuevo el canto de la tabla de multiplicar, en corrillo, degusté el queso amarillo y la leche en polvo, me senté en la pequeña mesa de madera, con tintero incluido, y escuché un trozo del Quijote. “En verdad, detrás de estos edificios se esconde la infancia, nos la recuerdan”, me dije sonriente.
Por estas razones, aunque parezcan sentimentales y torpes, me gustaría que cada pueblo luchara  por estos edificios, que seguro los tiene, y no permita un mal uso o su derribo. Todos debemos conocer que lo grande de cualquier población está en su pasado; sin él, el presente carecería de raíces y el futuro esperanza. Conservemos, por tanto, lo antiguo, si queremos que el presente y futuro tengan donde sostenerse.
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