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Néstor Hernández Alonso
Lunes, 23 de marzo de 2015
FIRMAS

El regreso

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El mes de noviembre detiene la vida en los pueblos, o la oculta más bien para ser exactos. Marchan los vecinos de segunda morada huyendo del frío o en ayuda de hijos y nietos acosados por el trabajo y el pluriempleo; muchos animales se desplazan buscando temperaturas adecuadas a su fisiología, otros hibernan; los árboles, los trigales se dan una breve tregua para almacenar fuerzas. Parece que todo se paralizara y necesitara descansar después de los calores y esfuerzos del pasado verano.
Difícilmente oirás el canto de un pájaro ni el roce del viento entre las ramas. Su lugar lo ocupa el silencio, dominador vayas donde vayas y el rumor monótono del reguero, que sí recibe su alimento de agua o de nieve, necesitado de limpiar su cauce de plásticos y papeles y recuperar su viejo camino marcado.
Febrero y, sobre todo, marzo pondrán orden en la naturaleza. Se han acabado las vacaciones, necesitamos recuperar la actividad, otra vez la vida debe imponerse a la muerte, a la terminación, aunque sea aparente. La primera, la cigüeña revisando su nido, tapando goteras, anunciando su presencia desde la torre de la iglesia; luego, los trigos, ya nacidos, desafiando al viento, los majuelos, los chopos, los negrillos dejando ver sus brazos hinchados, a punto de explotar; con los primeros rayos, algún lagarto se atreve a mostrar su piel rayada, a calentar su vientre al sol de las bodegas. En tu paseo ya no te acompañará el silencio, sino los sonidos del trabajo, del quehacer diario y constante de todo ser vivo asegurando su continuidad. Únicamente nos falta llenar las calles, abrir las casas, escuchar los gritos de niños persiguiendo sombras con sus bicicletas. Por fin, también acudirán los vecinos de ayer, convocados por la primavera o por festejos de la Semana Santa, tan celebrada en su juventud.
Resulta emocionante comprobar esta renovación cada año, asistir a cada una de las etapas, degustar su encanto. Durante el invierno, triunfan los libros, las partidas de cartas, las horas de televisión detrás del calor rojo de troncos de encina o roble; en primavera, buscamos el sol a la ‘obrigada’ de la tapia, el saludo del amigo, el breve desplazamiento al pueblo cercano. Sin el primero, no existiría el segundo; ambos son necesarios para que se cumpla lo escrito, para que los tiempos no se detengan ni nos domine la rutina, para que la alegría del regreso dure, al menos unos meses, que pasarán rápidamente según su costumbre.
Mañana, si vas a tu pueblo (pobres de aquello que no lo tienen), comprobarás cómo, una vez más, ha triunfado la vida en la vegetación, verde, renovada, llena de futuro; los movimientos ligeros, desafiantes, del mundo animal, desconfiando de tanta competencia alrededor de la torre o en los cables del tendido eléctrico; y contagiados de ese ardor verás a niños y mayores, dejadas sus pesadas ropas de abrigo, de colores oscuros, sustituidas por chaquetas llamativas, transitando por caminos y carreteras.
Vete a tu pueblo esta primavera. Probablemente te quedarás unos días, pero, si no pudieras, tu corazón, al menos, se habrá alimentado para soportar otro periodo de ausencia.
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1 Comentario
Fecha: Martes, 24 de marzo de 2015 a las 12:10
cándida Buiza diez
¡Preciosa foto y precioso texto! sentimiento, melancolía y verdad.

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