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Juan Giraldo González
Sábado, 20 de junio de 2015
Firmas / Juan Giraldo González

Palabros

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De vez en cuando la moda, la actualidad o las ciencias nos regalan un término nuevo que nos cae como un morrillo en la cabeza, un palabro que incomoda, suena raro y nos hace sentir ignorantes. Algunas veces, las más, nos llegan calientes con el sello ‘made in USA’ y lo adoptamos tal cual, sin parpadear. Durante meses o años tomamos prestado ‘mobbing’ o ‘bullyng’, como si no pudiéramos llamarlo acoso laboral o escolar. Los publicistas hablan de ‘mailing’, ‘flyer’ o ‘book’, creando una jerga sólo para iniciados. Queda mucho mejor tener un ‘coach’ que un instructor, ahora son ‘frikis’ los que han sido raros toda la vida.
Hace muchos años apareció en mi ámbito profesional el término resiliencia, que, de entrada, me sonó mal, como si hubiera una ‘i’ de más. Viene del latín ‘resilire’ (saltar hacia atrás, rebotar, volver al estado natural). Suena mejor su significado, que se refiere a aquella capacidad que desarrollan algunas personas para vivir, enfrentarse y superar las situaciones adversas, creciendo en medio de éstas de una manera positiva. La resiliencia se hace muy evidente  en niños que con el peor de los entornos, en el seno de familias multiproblemáticas, incapaces de transmitir hábitos y valores positivos, desarrollan una personalidad absolutamente opuesta a la que cabía esperar. 
Recientemente me tropiezo con un término: aporofobia, que en su defensa diremos que por lo menos da pistas, es fobia a algo. Viene del griego, concretamente de ‘áporos’ (pobre, de pocos recursos) y se utiliza como rechazo a los pobres. Este término, empieza a ser un concepto muy usado por algunos políticos conservadores cuando hablan de “limpiar” o “primero los de aquí”. Peligroso argumento que ha sido rápidamente captado por grupos de niñatos que apalean a indigentes sin más motivo que su condición de pobres, sin distinción de raza o nacionalidad.
Se diferencia del racismo porque no establece barrera racial. El rechazo no existe si es un jeque árabe, sólo se reacciona contra el ‘moro’ pobre. También difiere de la xenofobia porque no rechaza a todos los extranjeros por igual, no tiene la misma acogida un alemán o un inglés que un rumano. Tan americano es el estadounidense como el que despectivamente es denominado ‘panchito’, sin distinguir nacionalidad en un alarde de ignorancia. 
Las fobias (en un sentido sociológico, nunca como manifestación de patología mental, que también hay) suelen ser reacciones de miedo propias de personas primarias que no racionalizan sus conflictos o los de su entorno. Temerosos e insatisfechos con su situación, incapaces de elaborar ideas propias, compran barato discursos interesados, tramposos y cobardes. 
Interesados porque siempre son las mismas manos que mecen las cunas o agitan las aguas, las que concentran el poder económico, político y mediático; las que pastorean conciencias y buscan entre los débiles los chivos expiatorios de los males que ellos mismos generan. Tramposos porque no hay que buscar culpables distantes, incómodos o poderosos, los tienes ahí señalados, están a tiro y son los más vulnerables. El discurso cala hondo en los cobardes y en aquellos que son incapaces de dar respuestas argumentadas y se amparan en la manada para dar rienda suelta a la rabia por sus frustraciones, temores y complejos.
En fin, que se me va la especie, que diría mi madre. Empecé con los palabros y me voy por las ramas, ustedes perdonen.
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