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Luis Ángel Ruiz Peradejordi
Miércoles, 2 de septiembre de 2015
Firmas / Luis A. Ruiz Peradejordi

Niñas

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¡Niñas! ¡Vamos que ya es la hora! ¡Venga, que hay que acostarse!
Con un poco de pereza, las tres se dirigen a las respectivas camas y después de rezar las oraciones...
¡Papá, cuéntanos un cuento!
¿Cuál queréis?
¡El de la estrellita!, responden las tres a coro.
Bueno, pero tenéis que ayudarme. A ver... ¿cómo empieza?
Más allá del Mar Azul, dice Clara. Pasando las Montañas de Niebla, prosigue Elvira. Continuó Inés diciendo: se extiende el Gran Bosque Verde...
 
Y allí, en un pequeño claro del bosque va a transcurrir nuestra historia. Cerca de uno de los bordes del claro, había una seta gigante, que servía de vivienda a tres enanitos. Era una seta de vivos colores, con su umbrella roja y topos blancos; estaba cercada con un pequeño seto y en la parte de atrás se encontraba el pozo. Allí, nuestros enanos llevaban una vida apacible, pero un día...
A primeros del mes de junio fuertes tormentas, con gran aparato eléctrico estremecían el cielo y sus potentes truenos hacían retumbar el suelo del bosque. Una noche, la tormenta fue más intensa de lo habitual. Nuestros tres amigos se recogieron en su seta, cerraron ventanas y contraventanas y con el fragor de la tormenta, se fueron a dormir.
Amaneció un día despejado, en el que brillaba el sol como si fuera el primero de la Creación. Los enanos se levantaron y después de asearse, cuando se disponían a desayunar, les pareció oír un ruido poco habitual. Se asomaron por las ventanas, pero no vieron a nadie. Al cabo de un momento, lo volvieron a escuchar: no cabía duda, alguien estaba llorando. Salieron apresuradamente de su vivienda y miraron por todas partes sin encontrar a nadie hasta que... ¡El llanto viene del pozo!
Corrieron y se asomaron al brocal. Su sorpresa fue mayúscula cuando vieron a una pequeña estrella recogida en el cubo, dentro del pozo, llorando sin consuelo. Rápidamente la sacaron de allí, la secaron y la cosieron a preguntas: ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Cómo has llegado hasta aquí?...
Soy una estrella pequeña, que vivo en el cielo con mis papás, pero anoche con tantos truenos, me asusté mucho, me solté de mi casa y caí aquí.
La dieron de desayunar y la consolaron diciendo que buscarían el medio para devolverla al cielo. Y para ello, recorrieron gran parte del Gran Bosque. Preguntaron a las náyades, a los príncipes de los elfos, a las ondinas e, incluso, a los faunos, pero nadie supo darles razón de cómo devolver una pequeña estrella al cielo de donde provenía.
Fueron pasando los días. Los enanitos resultaron ser muy divertidos y pasaban el tiempo en juegos con la estrella, a quien bautizaron, como no podía ser de otra manera, Estrellita. Ella no les iba a la zaga en cuanto a juguetona y entretenida. Aquello supuso una nueva vida para los enanos. Tenían de quien ocuparse, a quien cuidar y lo hacían con esmero y las noches habían tomado un especial encanto cuando Estrellita se iba a la cama y se asomaba por la ventana de su cuarto para darles las buenas noches.
Así transcurrieron las semanas, pero de vez en cuando Estrellita se entristecía por que echaba de menos a sus papás, entonces los enanos se desesperaban por no poder mandarla de nuevo al cielo.
Sin embargo ocurrió una noche... Una noche de esas de agosto, en que el calor no te deja dormir y el cielo se cuaja de estrellas. Apareció de pronto la luna y un rayo de su luz de plata, se fue a posar en el brocal del pozo. Estrellita, de un salto se metió dentro del rayo de luna y, sabéis, comenzó a subir por él, cada vez más y más alto, hasta que llegó al cielo.
Los enanos la miraban embobados y la siguieron con sus miradas hasta que no fue más que un punto de luz en la inmensa noche. Se alegraron de corazón, disfrutaron ese pequeño milagro que había devuelto a Estrellita a su lugar. Sintieron, sin embargo, una pequeña punzada en el pecho, un poco de tristeza por su ausencia. Levantaron de nuevo la vista al cielo antes de irse a acostar y... ocurrió que Estrellita comenzó a encenderse y a apagarse (titilar dicen los sabios que se llama eso) y ellos supieron que les estaba dando las buenas noches.
Desde entonces, cada día al terminar su jornada, esperaban a que anocheciera y cuando Estrellita comenzaba a titilar, se iban a la cama, enviándole también sus deseos de buenas noches.
 
Así, niñas, si alguna vez cuando os asoméis a la ventana veis titilar una estrella, seguramente será Estrellita que desea buenas noches a los enanos.
 
Con beatíficas sonrisas, las tres se han dormido. Las arropo un poco, apago la luz y salgo del cuarto, pero antes me asomo a la ventana y allí hay una estrella que se apaga y que se enciende. Yo desde lo más íntimo de mi corazón, también le he deseado buenas noches.
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1 Comentario
Fecha: Viernes, 18 de diciembre de 2015 a las 20:48
Inés
Ya casi se me había olvidado. Qué bonito.

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