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Camino de Santiago
Redacción
Martes, 29 de septiembre de 2015
Ruta jacobea / Asociacionismo

‘Un infiel en el Camino’ se hace con el IV Concurso de Relatos jacobeos de Bercianos

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La Asociación Cultural Padre Serapio, de Bercianos del Real Camino, ha hecho público el nombre de los ganadores de su IV Concurso de Relatos ‘Una historia en el Camino’ y que ha querido distinguir un total de tres trabajos: ‘Un infiel en el Camino de Santiago’, de José Luis Baños Vegas (Salamanca), ganador del certamen; ‘Las Coplas de Jorge Manrique’, de José Manuel Gómez Vega (Torrejón de Ardoz - Madrid), primera mención especial y ‘El pequeño peregrino’ de Ziortza Moya Milo (Ortuella - Bizkaia), que ha conseguido la segunda mención especial. 
 
UN INFIEL EN EL CAMINO DE SANTIAGO
José Luis Baños Vegas
Mi nombre es Ibn Amira, y, además de ser historiador, poeta y jurista, he ocupado a lo largo de mi vida importantes puestos para diversos sultanes almohades en los ricos reinos de Valencia y Granada. También fui cadí de Madina Mayurqa, paradisíaco lugar que los ejércitos cristianos conquistaron y hoy se conoce con el nombre de Mallorca.
Antes de comenzar mi verdadero relato, he de indicar que pocos años antes de la conquista de Madina Mayurca por las mesnadas de los reyes cristianos, dichas huestes, apoyadas por caballeros cruzados provenientes de diversos reinos, habían inflingido otra dura derrota a nuestras tropas en la Batalla de Al-Uqab, muy cerca de un lugar al que los vencedores denomin las Navas de Tolosa. También pesaba sobre nuestra conciencia colectiva, por recogerlo con gran detalle numerosas crónicas y documentos árabes, un importante sucedido acaecido hace más de doscientos años en un lugar denominado Qalat al Nasur (Castillo del Azor), muy cerca del caudaloso Duero, y donde nuestro grandísimo caudillo Almanzor, proclamado Al-Nasur (el Victorioso por Alá), caería derrotado por los ejércitos cristianos. Según numerosos legajos que, acerca de esta batalla, manuscribieron doctos hombres seguidores del Islam, las gentes de nuestros reinos y califatos jamás comprendieron cómo pudo ser vencido de aquella forma tan ignominiosa el más grande adalid que conociera el mundo musulmán, el más bravo y valiente de nuestros caudillos. Sin embargo, para los cristianos, la derrota de este hombre temible se debió sin ninguna duda a que, años antes, éste, al mando de sus despiadados ejércitos, había saqueado un santo lugar llamado Compostella, donde, según la creencia de los seguidores del Crucificado, descansan y se veneran desde hace mucho tiempo los restos mortales de uno de los doce apóstoles que acompañaron en su predicación a quien dicen que es el único Hijo de Dios, Jesucristo. Incluso se conoce que el citado apóstol, llamado en hebreo Jacob y en la lengua vulgar de estas tierras Santi Yagüe o Santiago, era uno de los preferidos del Maestro por su carácter indomable, de ahí que fuese apodado “el Hijo del trueno”.
También es menester indicar que todas esas importantes derrotas, infligidas a nuestras tropas, han ocasionado, además de una pérdida importante de territorio y prestigio, un dilema nada baladí, ya que la alta moral que, desde tiempos inmemoriales, atesoraban nuestros soldados, se ha ido diluyendo con la misma premura que el astro rey derrite la nieve de las montañas, siendo menor cada día que pasa, debido sobre todo a que nuestros hombres están convencidos de que el citado apóstol –el cual, según parecer popular, inició sus apariciones en la Batalla de Clavijo- se les presenta desde entonces en todas las contiendas, y no lo hace, como cabría esperar, durante unos instantes, sino que, montado a lomos de un brioso corcel blanco, va repartiendo mandobles a diestro y siniestro durante todo el tiempo que dura la batalla, haciendo grandísimos estragos en nuestras numerosas filas. Por otra parte, esto también está ocasionado que muchos de nuestros aguerridos guerreros vayan perdiendo la fe de una manera preocupante, y se pregunten, no sin sobrada razón, si nuestro amado profeta tiene menos poder que su apóstol; pues antes de cada razzia o combate los nuestros invocan a coro a Mahoma y los cristianos lo hacen a Santiago; siendo este último quien, al parecer, atiende con mayor esmero y ardor las súplicas de sus seguidores.
Por todas estas razones no es de extrañar que, pocos días después de que el gran califa me mandase acudir presto a su palacio en la siempre hermosa ciudad de Marraquex, me enviase a tierras cristianas con el único propósito de que yo intentase averiguar todo lo referente a las referidas apariciones en combate del citado apóstol; y, de paso, procurase conocer las razones de la desmesurada devoción que hacia él sienten las gentes; pues de sobra son conocidas en tierras musulmanas las continuas peregrinaciones que, hasta su tumba, allá en la lejana ciudad de Compostella -muy cerca de lo que llaman Finis Terrae- realizan muchos hombres de la más variada condición y desde las más diversas partes del Orbe cristiano, siguiendo las muchas y concisas indicaciones del Liber peregrinationis (incluido en el Codex Calixtinus).
Partí en barco junto a mi ayudante Alí (un joven huérfano y mudo que, siendo niño, recogí cuando vagabundeaba por la calle), y lo hicimos una madrugada de un lluvioso día del año 630 después de Al-Hiÿra (la Hégira) -correspondiente al año 1233 del extraño calendario por el que se rigen los cristianos-. Tras atravesar el Estrecho y llegar al puerto de Málaga, perteneciente al próspero reino nazarí de Granada, y ya ataviados ambos con indumentaria de peregrino para pasar desapercibidos, acordé con varios comerciantes castellanos, después de entregarles una bolsa repleta de maravedís, que nos dejasen acompañarlos en la larga ruta de vuelta a su tierra; y que, para no hacer demasiado extenso mi relato, sólo diré que trascurrió sin grandes contratiempos y que pasó por las importantes poblaciones de Córdoba, Mérida, Toledo, Segovia y Medina del Campo.
Mi intención era dirigirme con mi joven ayudante hasta Qalat al Nasur (Castillo del Azor), lugar donde tenía pensado comenzar mis indagaciones acerca del milagroso Santi Yagüe o Santiago. La pequeña aldea, que aquí llaman Calatañazor, se asienta sobre un promontorio desde el que se domina una extensa llanura; lugar donde, según reconocen los pobladores de estas hermosas tierras, se celebró la sangrienta batalla en la que Almanzor perdió el atambor. Las gentes de estos pintorescos lugares son de corazón noble y llevan una vida austera, y, como nosotros, tienen la encomiable costumbre de narrar por las noches numerosas historias y leyendas a sus hijos, quienes, a su vez, algún día se las contarán a los suyos. Merced a esta tradición oral, conocí el sitio exacto de la renombrada llanura donde aparecióse el combativo apóstol Santiago montado en su caballo blanco para ayudar a los cristianos en la decisiva batalla contra nuestras tropas.        
Partimos hacia la noble villa de Osma (nudo central donde confluían diversos caminos hacia Compostella) una soleada mañana de otoño. Lo que más asombro me causó nada más llegar a la citada villa, fue contemplar cómo estaban derruyendo la vieja seo. Indicar que una pequeña parte de los cimientos de la que, sin duda, algún día será una admirable edificación, ya estaba bastante avanzada; y los numerosos canteros, artesanos y constructores que en ella laboran día tras día, aprovecharan como mejor puedan, para erigir la nueva obra, la piedra y la madera con que estaban construidas las tres naves, el crucero y el claustro de la pequeña y vieja seo que mandara levantar el obispo Pedro.
Durante las jornadas que allí permanecimos, paseamos por su importante mercado, el cual me recordó en gran manera al zoco o azogue de las ciudades de nuestra tierra. En él pudimos ver que se vendía gran cantidad de mercaderías: hortalizas variadas, fruta, aceite, azúcar, dátiles, pimienta, sal, hierbas aromáticas, pescado en salazón, carne de numerosos animales (asno, buey, caballo, yegua, mula, cabra, carnero, oveja, cerdo, vaca, conejo, gallina, ganso, liebre, paloma, perdiz...), metales, cera, incienso, coral, colorantes y productos que se emplean para la fabricación de los más diversos tejidos (áloe, alumbre, zumaque, azul, cochinilla).
Claro que si ahora hay algo que me gustaría referir con detalle, y que mi frágil memoria recuerda con gran precisión, es una singular y arraigada tradición de las gentes cristianas, y que, a decir verdad, pudimos haber presenciado en cualquiera de aquellas villas o aldeas por las que transcurrió nuestro camino, pero que tuvimos la merced de hacerlo en la misma ciudad de Osma.
Lo cierto es que, aunque algo había leído en mi tierra acerca de dicha tradición, nunca pensé que causaría un impacto tan grande en mí, ya entonces, poco sensible corazón. Todo comenzó a primera hora de una de aquellas mañanas otoñales. El sol, parapetado tras una tupida cortina de nubarrones plomizos, arrojaba sus primeros y mortecinos rayos sobre los edificios y calles de Osma. En muchos rincones de la ciudad veíase, alrededor de incipientes hogueras, un continuo trajín de hombres, mujeres y niños. Lo primero que me causó gran extrañeza fue contemplar que, a pesar de lo temprano del día, las gentes parecían encontrarse felices, como si estuviesen a punto de celebrar una gran fiesta. Poco después de que me acercase a uno de aquellos fuegos, oí unos espeluznantes gruñidos que parecían provenir del interior de un cercano corralón. Instantes después, varios hombres arrastraban un enorme animal que, sin dejar de gruñir ni un solo segundo, se resistía con todas sus fuerzas. Cuando colocaron a la bestia sobre un gran tronco partido por la mitad, uno de aquellos hombres, armado con un afilado cuchillo de cachas amarillentas, le asentó un profundo tajo en las yugulares y una cascada de sangre comenzó a brotar del cuello del animal para ser recogida en un recipiente de madera que sujetaban manos expertas de mujer, y que otra fémina no dejó de remover para evitar que la sangre se cuajara.
Cuando el animal en cuestión -al que en mi tierra llamamos Hu (a) mahrám (cosa prohibida) y aquí, en los reinos cristianos, es conocido con nombres tan pintorescos como marrano, guarro, puerco, cerdo y demás lindezas- dio su última bocanada de vida, fue cuidadosamente limpiado y rasurado con fuego. Luego comenzaron a despiezarlo con gran maña, sacando en primer lugar las vísceras. Poco después fue colgada de una cuerda la canal para ser despiezada en varias partes, muchas de las cuales fueron saladas con la valiosa sal que, a lomos de pollino, era traída en sacos desde las prósperas salinas de Castilla. También algunas otras partes del animal fueron condimentadas con hierbas aromáticas y especias que, desde las primeras Cruzadas, llegaban de Oriente.
Como antes mencioné, el sacrificio de ese inmundo animal dio lugar a una gran celebración donde participaron todos los moradores de la ciudad y aquellas otras gentes que, como mi ayudante Alí y yo, sólo nos hallábamos de paso. Decir también que se produjo una gran algarabía cuando, poco después de la matanza, hombres, mujeres y niños se reunieron en torno a una enorme mesa y comenzaron a consumir algunas partes del animal que no pueden ser conservadas: hígado, estómago, corazón, cerebro, ojos... Todo ello, claro está, sobradamente regado con abultados odres de vino y una ardiente bebida que aquí llaman Aqua vitae y que, al parecer, se asemeja en gran modo a un fuerte licor que, hace muchos años, comenzaron a elaborar nuestros antepasados árabes.   
La música, el baile y los juegos también estuvieron presentes en tan importante acontecimiento. Recuerdo que, mientras los hombres y las mujeres comían, bebían, reían y cantaban, los bulliciosos chiquillos jugaban con una singular pelota que habían fabricado después de hinchar con aire la resistente vejiga del marrano. Indicar también que, entre trago y trago, algún juglar recitó algunos jocosos versos que fueron celebrados con aplausos y risas; como uno de los más elogiados que decía: “El marrano nos trae la felicidad, el que tenga un marrano no quiere más”.
Un desgarbado hombre entrado en años -quien dijo ser descendiente directo de un magíster porcarius-, después de meterse entre pecho y espalda un suculento y codiciado trozo de estómago del marrano, dijo a los presentes que, a través de la Historia, importantes personajes escribieron acerca del cerdo: el griego Jenofonte, Herodoto, Claudio Eliano, Columela, Opiano, Casiano Baso y otros muchos. También habló elocuentemente del Textamentum Porcelli, un escrito del siglo IV o V de la Era del Crucificado que ya mencionaba San Jerónimo (uno de los Padres de la Iglesia), y del que se decía que, por su importancia, era recitado por los niños en la escuela, y que trataba de un cerdo que, antes de morir, hacía testamento donde enumeraba los muchos y variados beneficios hechos por él a la Humanidad. Y es que, si hay algo que aprendí durante aquellos lejanos y alegres días, fue el hecho irrefutable de que de ese enigmático animal se aprovecha absolutamente todo.
Afligidos por abandonar aquel lugar, y después de agradecer a sus gentes la hospitalidad recibida, partimos de la ciudad de Osma varios días después de celebrarse la matanza del cerdo. Decir solamente que nuestro viaje a la tumba del apóstol Santiago, allá en Compostella, terminose unas cuantas leguas después de abandonar la citada ciudad, concretamente muy cerca de la villa de Aranda de Duero, donde fuimos asaltados por varios malhechores de caminos que nos robaron las capas entre cuyo grueso forro llevábamos escondidos los todavía abundantes maravedís que nos entregara el secretario del gran califa. El largo regreso, primero al reino nazarí de Granada y después a nuestra tierra, fue arduo y sólo pudimos conseguirlo merced a la gran caridad de algunas gentes cristianas que, creyendo que éramos peregrinos, fuimos encontrándonos a nuestro paso.
Mencionar también que, aunque no pude concluir mi difícil y arriesgada misión, el gran y magnánimo califa, después de escucharme atentamente en audiencia privada en su suntuoso palacio de Marraquex, supo recompensar mis servicios prestados en los reinos infieles y, a petición mía, permitiome retirarme a una pequeña aldea situada muy cerca de los límites del desierto, donde paso los días recordando aquellas inolvidables jornadas que pasé en tierra cristiana.
Por eso ahora, algunos años después de aquellos singulares sucedidos, y cuando presiento que mi alma pecadora, encerrada en este cada vez más decrepito cuerpo, se encuentra muy cerca ya de rendir cuentas al verdadero dios, Alá, no puedo dejar de recordar el exquisito sabor de todos aquellos manjares provenientes de un animal al que nuestra religión, la única verdadera, considera inmundo, y que, siendo sincero, he de reconocer que paladeé con verdadero placer junto a aquellas risueñas gentes de la noble ciudad de Osma. Aun hoy, a pesar de todo el tiempo trascurrido desde entonces, hay muchas noches en las que sueño con las alegres jornadas de matanza del Hu (a) mahrám, y vienen a mi mente todos los gratos olores y sabores que, durante aquellos inolvidables días, mis sentidos percibieron y guardaron para siempre en un lugar privilegiado de mi memoria. Sólo pido y espero que el siempre bondadoso Alá sepa perdonármelo cuando al fin me llame a su presencia.  
 
LAS COPLAS DE JORGE MANRIQUE
José Manuel Gómez Vega
Al caballero Asbert de Claramunt le faltaba menos de un día, apenas dieciséis horas, para morirse, cuando sufrió una visión inesperada. Sucedió en Hospital de Órbigo, la villa leonesa cruzada por el río que le da nombre, que a pleno sol estival era una procesión de peregrinos que llegaban a la búsqueda de su puente romano, y en cambio de noche parecía las tragaderas del mismísimo infierno, oscura como los troncos de sus chopos viejos, tan apagada que nadie hubiera sospechado que allí dormía la más encantadora dama del reino. Hasta la toponimia parecía una premonición infausta, un anuncio de lo que habría de acontecer allí y ser recordado por los siglos de los siglos.
Hospital de Órbigo fue un alto inexcusable en su peregrinaje a Santiago de Compostela, la villa con el único puente sobre unas aguas abundantes incluso en tiempos de la siega. Fue también un fatal encuentro que primero su oído escuchase una melodía acompañada de laúd, unos sonidos que no parecían de este mundo, y luego sus ojos descubriesen tanta belleza —¿un ángel?, ¿una virgen?— asomada a una ventana alta, rozando el cielo.
“...contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando”.
Asbert de Claramunt desmonta de su corcel blanco, descubre unos cabellos dorados que desprenden destellos bajo el sol recio de León, y cae de hinojos.
—¡Señora mía! —exclama, su mirada como una escala azul hacia la ventana enrejada—. ¡Ni el mejor juglar de Castilla superaría la belleza de sus coplas!
“Ved de cuán poco valor / son las cosas tras que andamos / y corremos…”.
La mujer posa el laúd con delicadeza a sus pies, se desabotona la saya con orofres de oro, y, con ambas manos, delicadas, sobresaliendo por las bocamangas amplias, se baja en gesto decidido el escote del blusón blanco para ofrecerle a Asbert de Claramunt una visión todavía más blanca, turgente y del todo inesperada.
“…que, en este mundo traidor, / aun primero que muramos / las perdemos”.
La doncella dibuja con sus labios rojo-cereza un corazoncito al tiempo que apecha la saya y tras ella la ventana.
Cuando a la mañana siguiente se despierta, lo primero que hace es asomarse a la ventana para descubrir al caballero todavía allí abajo, de rodillas.
—¿Cómo os llamáis?
—¡Asbert de Claramunt, mi señora!
—Del noble y bello reino de Aragón, supongo…
—Noble sí, y pensaba que bello también. Hasta anoche.
—¿Haciendo El Camino de Santiago?
—Hasta anoche fui peregrino del Apóstol, mi señora. Y desde anoche soy siervo de una dama. Por la tumba del santo se lo imploro, regáleme los oídos con su nombre.
—¡Zalamero!
—No es ese nombre para tan distinguida dama.
La mujer rompe a reír, mostrándole sus dientes pequeños, blancos y bien ordenados.
—Me llamo Guiomar de Castañeda.
—Doña Guiomar de Castañeda —repite Asbert de Claramunt.
—¿Os gustan mis coplas, caballero?
—¡Las dos por igual!... Quiero decir, sí, mi señora.
—¿Quisierais escucharlas al oído, sentirlas más próximas?
—¡La vida daría por ese honor!
—¿Se batiría en justa por ellas?
—¡A Dios pongo por testigo! ¡Dígame a quien debo humillar y delo por hecho!
—Escuchad pues. Estos días hay apostado en el puente un fanfarrón que, para impresionar a una tal Leonor de Tovar, desafía a los caballeros que desean cruzarlo. Vencedlo en mi nombre. Y regresad con la buena nueva.
—¡Así lo haré, mi señora, con mi lanza inhiesta!
Esa misma mañana, la del 6 de agosto de 1434, molido de tanta vigila, Asbert de Claramunt se dirige a lomos de su caballo hacia las arcadas del viejo puente romano. A la salida del pueblo se detiene un instante para comprobar el bullicio organizado en torno a la liza. Hasta siete cadalsos cuenta y al menos una veintena de tiendas, donde a buen seguro descansan mantenedores, reyes de armas, farautes, herreros, cirujanos, lanceros, bordadores… y toda esa fauna que conoce bien, pues los torneos son imprescindibles en las celebraciones de cualquier noble que se precie de tal. También él se ha medido en alguna ocasión, y hasta parece que le quieran doler los huesos al rememorar los encontronazos. Duda, pero al recordar “las coplas” de doña Guiomar de Castañeda se le yergue la espalda.
Rugen trompetas y atabales anunciando la llegada de un caballero.
La pareja de sostenedores del Paso Honroso, don Pedro Barba y don Gómez Arias, le dan la bienvenida. Asbert de Claramunt desmonta, conversa con ambos señores y es conducido a una tienda. Los heraldos anuncian la liza entre don Suero de Quiñones, hijo de don Diego Quiñones de Aller, jefe de la casa de Quiñones de Asturias y León, y don Asbert de Claramunt, noble aragonés.
Asbert de Claramunt siente que se duerme mientras le colocan la armadura. Luego, casi como en un sueño, se encuentra subido a su caballo, al que han engalanado con paramentos en oro y granate. Los cadalsos rebosan gente alegre. Tras una comitiva de trompetas, surge un caballo brioso de paramentos azules, montado por don Suero de Quiñones. En un pendón ondeaba su divisa: “Il faut deliberer”.
Las comitivas abandonan la liza. Se hace el silencio. Mandan entonces los jueces que suene a romper la batalla, y ambos caballeros entran en liza, se lanzan al galope el uno contra el toro, se arremeten lanza en ristre en medio de un griterío ensordecedor. El miedo despabila lo suficiente a Asbert de Claramunt como para que el primer lance suceda sin daños. Pero —por algo se llama torneo— han de tornar, enfrentarse de nuevo, cambiar la lanza en caso de haber sufrido desperfectos. No es el caso de Asbert de Claramunt, aunque ahora le parece que le pesa el doble.
—¡Por el favor de doña Leonor de Tovar! —grita don Suero de Quiñones.
—¡Por el favor de doña Guiomar de Castañeda! —grita don Asbert de Claramunt, y el público rompe a reír. Le señalan con el dedo y se retuercen en los cadalsos. Al aragonés le llegan las chanzas como en sordina, lejanas. No entiende bien lo que sucede. Cuando los jueces señalan el comienzo del nuevo lance, su caballo se arranca bruscamente, se siente descolocado, incapaz de mantener su lanza en horizontal.
Se escucha un gran golpe metálico, luego un ¡OOOH! del público. Un juez manda silenciar la música. De espaldas sobre el suelo, Asbert de Claramunt apenas puede moverse. No es solo por la armadura. Todavía tarda unos instantes en descubrir la punta de lanza empotrada en la mirilla de su yelmo.
Cuentan las crónicas que Asbert de Claramunt expiró en el hospital jurando que no le importaba perder la vista, ni siquiera la vida, que gracias a Dios ya había contemplado lo más bello que jamás vieran ojos humanos. Las monjas enfermeras creyeron que el moribundo se refería al Paraíso prometido, hasta que comenzó a repetir a grandes voces: “¡Las tetas de doña Guiomar de Castañeda!”.
El capellán le dio la extremaunción con miedo a que tras aquel fin se pudiera esconder la mano del maligno. En cuanto a la doña, no tardando acabaría desposada con un noble palentino que, con mejor suerte, pasó bajo sus “coplas”. Un tal Jorge Manrique.
 
EL PEQUEÑO PEREGRINO
Ziortza Moya Milo  
—¿Cuántos has visto hoy?— le preguntó su padre Carmelo.
— ¡Mil por lo menos!— dijo el pequeño Simón, burlón, abriendo sus manitas al aire con gesto de grandilocuencia.
— Ya serán menos— sonrió Carmelo.
Hacía más de dos semanas que le habían dado las vacaciones, pero él como no tenía pueblo para ir a veranear se quedaba en el suyo propio, con lo cual la soledad solía ser su única compañera. Pero Simón no se aburría. Su mayor divertimento era contar las personas que, con aspecto sudoroso, cansino, y pertrechadas con sus mochilas, pasaban por el camino principal pueblo. Se sentaba en un mojón que se encontraba en un punto estratégico, y oteaba el horizonte en busca de alguna borrosa y lejana figura, que se transformaría en un caminante al acercarse. Cuando pasaban a su lado, le miraban sonrientes. Él les devolvía las sonrisas, pero no se quedaba ahí la cosa. Había transformado ese rinconcito en una especie de avituallamiento como hacían en los maratones y en las carreras ciclistas. Por la mañana le pedía a su madre las botellas limpias que tuviera libres, y se las llevaba al manantial del pueblo, donde el agua brotaba límpida, fresca, sana, sin restos de impureza, y que era conocida en los alrededores por su sabor sinsabor único. Allí llenaba las botellas y se dirigía rápidamente a su puesto, no fuera que se le escapara alguno.
Los peregrinos se quedaban maravillados con aquel pequeño ser encantador que les saludaba, animaba y les ofrecía agua para que no desfallecieran. Él, como contraprestación les pedía que le contasen de donde venían, por qué hacían el camino, si les estaba costando mucho. Con los españoles era fácil, pero con los extranjeros era un poco más complicado. Algunos chapurreaban algo de español y lograba intercambiar con ellos una especie de diálogo de besugos que le hacía estallar en carcajadas. Sobre todo le hacía gracia cuando cambiaban el artículo al sustantivo, o las confusiones de género: "la camino", "el promesa" "tu eres buena chico". Se desternillaba. Y ellos sin saber el motivo, reían con él.
Había conocido todo tipo de historias. La mayoría eran  historias conmovedoras que él escuchaba con mucha atención. Intentaba conocer todo al detalle, lo cual a veces no dejaba de desconcertar a los peregrinos, pero para él tenía un sentido. Todas las noches, las luces se apagaban y las voces se convertían en un susurro imperceptible hasta llegar el silencio. Pero en un pueblo situado en el campo, aunque el silencio era mayor que en la gran ciudad, era más singular. Escuchaba al búho, algún burro, al lobo..., a Simón esos ruidos le reconfortaban y le ayudaban en su tarea. Sacaba su cuaderno de notas, y comenzaba a escribir esbozos de las historias que había escuchado durante el día. Era algo que hacía todas las noches y de lo que nadie era conocedor, ya que le avergonzaba. No quería que vieran sus escritos, podían parecer ridículos, pero él tenía la necesidad de inmortalizar aquellos pequeños relatos con su escritura.
Tenía historias de todo tipo. Había una de un japonés. Cuando le preguntó a su padre donde estaba Japón, Carmelo se quedó sin saber que contestar. "Japón está muy muy lejos, hijo", "¿Más que Madrid?", "Tendrías que ir y volver a Madrid diez veces por lo menos, sino más". Se quedó perplejo. Eso era muy lejos. Y sin embargo venían. Recordaba a aquel japonés entrañable, con mirada atribulada, ya entrado en años, y que hablaba bastante bien el español. Se sentó a su lado, y acarició la cabeza de Simón. Le dijo que había perdido a toda su familia en el terremoto y el tsunami de Japón de 2011, y que se había quedado solo. Conoció el Camino de Santiago por un amigo suyo y decidió hacerlo. Sentía la necesidad de estar consigo mismo, con la naturaleza, congraciarse con el ser humano y quitarse la culpabilidad de haber sido el único de su familia en sobrevivir a la desgracia. Se quedó con él un buen rato. En silencio. Le prometió que se acordaría de él para siempre, e hicieron una cosa muy especial. Simón fue a por un cincel, y escribieron juntos en la piedra donde éste se sentaba todos los días, los nombres de sus familiares: Toshio, Yoshida y Takara. Después el hombre se despidió dándole unas palmaditas en el hombro.
Recordaba a una señora inglesa, de mediana edad, que venía acompañada de un perro andrajoso. Decía que se lo había encontrado en el camino, que le había dado algo de pan y algunas caricias, y que desde ese momento no se había separado de ella. Dormía a la puerta de los albergues, y cuando ella salía, se ponían en marcha otra vez. Estaba preocupada porque no podía quedarse con él. Llegaría un momento en que tendrían que separarse. Simón observó al perro. Era un can de pelo grueso, cicatrices por todas partes, falto de dientes, muy muy viejo, y con una mirada tan triste que desarmaba a cualquiera.
Simón prometió que cuidaría de él, se despidió de la inglesa y cogió el perro en brazos. Cuando llegó a su casa, sus padres le miraron perplejos. Les contó la historia. Al principio fueron implacables, pero en cuanto miraron al perro se apiadaron de él. Le llevaron al veterinario del pueblo y le dieron de comer en abundancia. En pocos días, el perro parecía otro y no se separaba de Simón. Incluso iba con él a observar a los caminantes. Se quedaba en silencio tumbado a su lado, y solo se levantaba agachando las orejas si recibía una caricia o unas palabras cariñosas. Pero llegó el día que el perro no pudo más, y cuando Simón fue a salir a la calle, le miró suplicante y se quedó tumbado a los pies de su cama. Era hora de descansar de su vida, que se presumía agitada. Era muy viejo y llevaba una gran mochila a sus lomos. Descansó durante unos días, hasta que se durmió para siempre. Simón lloró mucho, pero se consoló pensando que sus últimas semanas habían sido felices, y que por fin había encontrado un lugar donde sosegarse.
Un día Simón estaba dormido y escuchó que alguien le llamaba a gritos, era su padre:
—¡Vamos perezoso!, levántate ya, que tenemos que marcharnos— le dijo de buen ánimo.
— ¿A dónde?— Todavía se estaba desperezando y tenía legañas en los ojos. Su padre le indicó con los ojos el rincón del cuarto. Había un par de buenas botas, una mochila, mudas, ropa para el frío...
— ¿Qué es esto?— Simón no sabía lo que estaba ocurriendo, aunque empezaba a intuirlo.
— ¿No lo ves? Es ropa de peregrino, hoy mismo salimos para Santiago.
— ¡¿Cómo?!
— Lo que oyes, pero deja de hacer preguntas y levántate ya. Así saldremos con el fresco, antes de que empiece a pegar el calor.
Simón saltó de un brinco de la cama. En media hora estaba preparado. Su madre le estaba esperando, con el desayuno en la cocina. Besó a los dos antes de marchar, advirtiéndoles que se cuidaran mucho.
Comenzaba su viaje, ya no tendría que preguntar a los demás que es lo que se siente. Por fin iba a convertirse en peregrino, y él sería el protagonista.
Carmelo no cabía en sí de gozo al ver a su chiquillo tan entusiasmado:
— Bueno ya era hora que escribieras tu propia historia, ¿no te parece?
Simón al escuchar esto, se sonrojó, pero sonrió.
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