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Néstor Hernández Alonso
Miércoles, 7 de octubre de 2015
Néstor Hernández Alonso

Hojas amarillas

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Está desapacible la tarde. Desde el ventanal de mi habitación contemplo la lucha decidida de las hojas, todavía verdes, sujetas con asombro al tronco, ante el soplido violento del aire que pretende desprenderlas. Sus hermanas, ya amarillas, revolotean como pájaros por el piso de cemento en busca de un remanso junto a los setos.
Es octubre, los primeros días de un otoño lluvioso que amenaza con adueñarse de la luz y de los colores para convertirlo todo en oscuridad amarillenta u ocre. Sí, los literatos, especialmente los poetas, visten a esta estación con los trajes de la tristeza, de la melancolía, de la soledad, e igual han hecho los músicos en sus partituras repletas de notas agitadas, bramando en tempestad. Sin embargo, no todo se reduce a este consabido resumen. Observa, si no, la variedad de tonos en el monte o en el plantío cercano; escucha el murmullo del agua bajo el puente, cuyos ojos ven algo más que sequedad y barro o el silencio de los campos iniciado el periodo de descanso. Quedan algunos pájaros no estacionales, testigos del cambio, buscando casa nueva con techo.
Sé que abundan las fotografías de nubes, de jardines cubiertos de ramas tiradas, sembrados de castañas bravías, de bancos vacíos, invitándonos a la retirada, a la espera de la lejana primavera, como si el otoño fuera únicamente el final de ciclo, cuando también es inicio del siguiente. No existiría la hoja verde, si antes la amarilla no le hubiera dejado su sitio; ni habría vida nueva si la muerte no la hubiera abonado con el abono más nutritivo: su semilla. Por tanto, mañana sal al campo, y no solo a buscar setas, sino a llenar tus ojos de colores, tus oídos de la música interior de la tierra y tu alma de esperanza. Piensa que sin el otoño no gozarías del verano ni de sus frutos. Por un momento, abandona la tradición y disfruta del encanto de una estación, en muchos aspectos, única e inimitable.
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