Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Juan Giraldo González
Martes, 27 de octubre de 2015
Juan Giraldo González

El Sahagún de los sesenta: Entre la caricia y el maltrato

[Img #12093]
 
Hay recuerdos y sensaciones de la infancia que afloran cuando menos te lo esperas. El sonoro beso de una abuela a su nieto me trajo hace poco a la memoria aquellos besazos de las señoras mayores, perpetrados en modo ráfaga, y capaces de propinar hasta ocho percusiones afectivas en poco menos de dos segundos. De todas formas había besos peores. Aquellos disparados casi a bocajarro, cerca de la oreja,  junto a la sien -‘pá habernos matao’- que restallaban y te dejaban aturdido unos segundos, con un pitido en el oído como de teléfono descolgado.
Recuerdo a ancianas a las que no me volví a acercar más después de una primera presentación. 
-¿Y tú de quién eres?. 
Era el previo a un rápido pellizco, sin posibilidad de esquiva.
Los dedos huesudos te pinzaban el carrillo y lo retorcían con saña, apretando los dientes y sacando la quijada ligeramente. La amistosa torturadora sólo aflojaba cuando afloraba el primer lagrimón. 
-Qué niño más rico… 
Había otras formas de maltrato más sofisticadas, como el que aplicaban curas, monjas y maestros. Recuerdo el terror que me producía la monjil amenaza de encerrarme debajo del escenario. Menos miedo daban los castigos físicos: el cotidiano bofetón, el coscorrón con la chasca (aquella especie de castañuela rectangular que marcaba el ritmo en las tablas de multiplicar) o ya más elaborados, como ponerte de rodillas, mirando a la pared, con los brazos en cruz y con dos enciclopedias Álvarez en cada mano.
A veces los niveles de refinamiento en el castigo físico estaban muy perfeccionados. Tenemos una versión monjil que consistía en juntar las cinco yemas de los dedos, ofrecerlas generosamente al cielo, para que la sor de turno descargase su educativa ira armada de una regla de madera que impactaba dolorosamente en nuestros tiernos dedos. Recuerdo la cara de la monja que partió la regla contra el pupitre unas décimas de segundo después de que yo apartase mi manojo de yemas de la fatal trayectoria. 
La versión laica era la de la academia, donde un alopécico director consideraba que la naturaleza había errado al disponer hacia abajo el pelo que crece junto a las orejas. Él se propuso ‘corregir’ con tenacidad la dirección capilar, sin éxito, ya que a ninguno de los ‘beneficiados’ por el ‘tratamiento’ nos crecen las patillas hacia arriba. 
Hace pocos días mi mujer me preguntó si las vivencias escolares me marcaron. Yo le expliqué que sí, que me marcaron en ocasiones y, en concreto, la mano de sor Emeteria en mi mejilla. Pese a todo no siento el más mínimo rencor hacia mis maestras y maestros; lo hicieron como supieron, como pudieron, sin florituras pedagógicas que desconocían. Somos hijos de un tiempo, de un país; es nuestra mochila vital y parte esencial de nuestra identidad. 
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
4 Comentarios
Fecha: Miércoles, 28 de octubre de 2015 a las 09:41
Javier Robles Ruiz
Sr. Giraldo Gonzalez, aparte de marcarle los cinco dedos en la mejilla Sor Emeteria, algo mas si le marco, porque despues de 50 años seguimos hablando de estos acontecimientos de nuestra niñez, mucho mas que de otros. Reconozco que a mi me marco, aparte de algun que otro "cachete" de Sor Ana, la belleza (no mal interpretar), de Sor Maria Amparo y de Sor Amparo, la personalidad de Sor Pilar, el caracter de Sor Ignacia, etc..., etc...y respecto al "famoso" director de la academia, no decir nada malo de el, que le quieren dar el puerro de oro, ahora se dedica a la gastronomia. Un saludo afectuoso
Fecha: Martes, 27 de octubre de 2015 a las 21:08
angel
¡ Magnifico¡. Me has devuelto a mi niñez; yo también sufrí a la monja y al director de la "academia".
Mas que el castigo físico recuerdo las diferencias sociales que establecían las monjas .
Lo de debajo del escenario si eras tu solo era terrorífico.
Gracias
Fecha: Martes, 27 de octubre de 2015 a las 18:48
un chguito de tu pueblo
Estas total.
No pierdas la sonrisa.
un abrazo.
Fecha: Martes, 27 de octubre de 2015 a las 13:48
cándida
Que relato mas real y con que ternura está escrito, hay vivencias de nuestra infancia que nunca se olvidan, yo conocí todo esto que cuentas. Que tiempos mas difíciles para algunos, pero a la vez repletos de fraternidad y amor entre la mayoría de sus gentes. Yo siento una feliz melancolía hacia la niñez aunque si que hay anécdotas que marcaron un poco la vida de los niños. Es un relato magistral.

Sahagún Digital. El magazín del sureste de León
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress