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Ana Cristina Pastrana
Miércoles, 25 de noviembre de 2015
Firmas

Soy culpable

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Sahagún Digital se suma a los actos de conmemoración del  Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer (25 de noviembre) publicando durante los próximos seis días otros tantos textos incluidos el montaje ‘Que ningún dedo te tape el sol’ de Ana Cristina Pastrana, autora igualmente de las imágenes que ilustrarán los microrrelatos.   
 
 
Soy culpable 
Las uñas habían desfilado por sus dientes sin conseguir domesticar la ansiedad que se asomaba al alféizar de sus ojos, donde repicaba la esperanza en forma de billete.
Hacía y deshacía la maleta, temerosa de la incertidumbre que el destino le vendía. Siempre se había amparado en el refrán de que “vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer”, pero en cuanto sus manos repasaban las cicatrices de la última paliza, apretaba los dientes con fuerza, conteniendo la rabia que barruntaba en las dos lágrimas que, sin licencia, se escapaban de sus ojos. Consciente de que era el momento de ponerle punto final a la historia si no quería que ésta acabara con su persona, se repetía febrilmente: ¡ahora o nunca!...y es que el que vive esperando, no vive.
Se miró en el espejo con la valentía de los derrotados que se saben con una soga el cuello y ansían una claraboya para iluminar el sótano de sus días.
Se pintó una raya verde en el párpado inferior, realzando aquellos ojos color miel donde pacía el miedo y la desesperación. Se puso brillo en sus labios, descarnados tantas veces por la huella de los puños y se enfundó en aquel vaquero desteñido que había comprado en las rebajas. Cepilló sus rizos, recién teñidos y, nerviosa, le ofreció un guiño a la luna que espiaba sus movimientos tras los cristales.
Abandonó la maleta y sus indecisiones en el fondo del armario, al lado del traje de novia. Decidida a hacer lo mismo con su pasado, metió en una bolsa de cuero el pasaporte, la cartilla con los mil euros que había conseguido tras empeñar las pocas joyas que tenía y una foto de Andrés, su hijo, al que hacía más de dos años que no veía. Y, sin mirar atrás, salió de aquella cárcel donde había vivido durante más de  dos décadas, con la satisfacción del ratón que consigue burlar la ratonera.
El avión despegó a las 22:30 horas. Sonrió la cara oculta de la luna y aplaudieron su decisión todas las luces quebradas que tintineaban suspendidas  al amparo de la noche. Un suspiro profundo se escapó de su boca, liberando la tensión de sus nervios que, relajados, enmudecieron. Y voló su mente con las alas de papel que te conceden los sueños, voló a través de la infancia, que es la patria de todos los hombres.
En esos momentos, la lluvia golpeaba los cristales del número treinta y seis de la calle San Antonio, mientras una mirada torva se restregaba, víctima de la frustración y de la impotencia, por los barrotes de la puerta metálica. Arañando la pared con su navaja por considerarla demasiado uniforme, pateó las escaleras que le impedían subir con la celeridad de sus pensamientos, nunca bien avenidos con el ritmo de sus pies.
Aporreó el timbre como era su costumbre y cuando el silencio le abofeteó, lanzó al vacío un montón de quejas, insultos e improperios a los que nadie respondió. Mientras introducía, a duras penas, la llave en la cerradura, acariciaba con su mano izquierda el filo de la navaja, dispuesto a dar rienda suelta a su ira y regalarle su merecido a la imbécil que había osado discutir su autoridad. Le demostraría quién llevaba los pantalones en aquella casa.
Entró como los toros de lidia en el burladero, encendidas las pupilas por el brillo del rencor, arremetiendo contra los muebles que se cruzaban en su camino, descargando sobre ellos su mala leche y jurando convertirlos en astillas. Gritó hasta desgañitarse blandiendo su venganza sobre las paredes, que, impertérritas, le observaban y, no hallando ser vivo sobre el que descargar su impotencia, se derrumbó en el sofá. Fue entonces cuando descubrió la hoja que pendía, como si fuera un pendiente, de la pantalla del televisor. Se levantó y en un primer momento pensó en descargar un buen zarpazo sobre la caja tonta, pero resistió la tentación y arrancando el papel, se desplomó de nuevo en el asiento y fue mascullando lentamente cada línea, que se le iba atragantando como las espinas de un chicharro.
 “Adiós, Juan. Hoy he reunido las fuerzas suficientes para confesar mi culpa, no las que tú me atribuyes, pero sí otras que quiero que conozcas:
Sí, Juan, soy culpable de haberte soportado durante veinticinco años creyendo que era mi deber como esposa, de hacer de madre, de escucharte, comprenderte y perdonarte, de justificar tus errores y hacerlos míos, convirtiéndome en tu esclava.
Soy culpable de quererte sin medida, de pensar que sin ti no existía, de creer que tus sueños eran los míos, de confiar en tu arrepentimiento y tus promesas, de pensar que yo era más fuerte que tu daño y mi dolor, de hacer borrón y cuenta nueva, de no perdonarme  nunca y regalarte siempre y gratuitamente mi perdón.
Soy culpable de llorar sin aprender, de acostumbrarme a sobrevivir, a sembrar sin recoger, de creer en la virtud del sufrimiento, de callar y aguantar, de encubrirte, de aceptar tu prepotencia y acorazarme en mi silencio…de hacer de tripas, corazón.
Soy culpable de no escuchar a la razón, de aceptar el perdón como el remedio de la injusticia, de mantenerme sorda a los insultos, ciega a los desprecios, insensible a las agresiones y a los golpes, de cerrar la memoria a los malos recuerdos, de enmascarar los días y de vivir sin vistas a la esperanza.
Soy culpable de no creerme nadie ni con ningún derecho, de dejarme ningunear, de pensar que sólo valgo lo que me otorgue el juicio ajeno, de aceptarme como una prolongación de tu capricho.
Soy culpable de no haber dicho basta, de haber soportado la primera bofetada como un acto involuntario, la segunda como si la mereciera y la última como una consecuencia de lo anterior, un derecho o una costumbre. Culpable de transigir con tu genio porque es hereditario, de tu maltrato porque has sido un niño maltratado, de tus arrebatos y violencia porque en el fondo me quieres y se te pasa.
Soy culpable de que me hayas jodido la vida y me tengas en un puño, de no poder dormir, de cuestionar mis pensamientos y conducta, de depender de tu aprobación, de aceptar tu carácter como una enfermedad y condenarme al sacrificio de llevar la cruz con resignación para ganar el cielo.
Soy culpable de crear y alimentar un monstruo a consta de mi abnegación, de depender de tus palabras, de tu estado de ánimo, de tus amenazas y súplicas, de tus complejos y tus frustraciones. Culpable de imponerme el deber de comprenderte, soportarte y aceptarte como eres, de haberme empobrecido poblando mi vida con tus pensamientos, de anularme hasta el punto de sentirme incapacitada para juzgar lo que eres y no ser consciente de lo que me limitas cada día.
Soy culpable de creerme un dios capaz de salvarte de ti mismo a costa de mi renuncia y sacrificio, culpable de engañarme y sentirme imprescindible, dejándome seducir por la adulación de tus súplicas que me señalaban como tu salvación, condenándome para siempre a un chantaje moral que tu egoísmo esgrimía, amparándose en el amor.
Soy culpable de incrementar tu vanidad con mi humillación, tu soberbia con mi dependencia, tu despotismo con mi transigencia, tu insolencia y autoritarismo con mi inseguridad, tu hipocresía con mi dedicación, tu ira y brutalidad con mi resignación, tu valentía con mis miedos.
Soy culpable, Juan, mi amor, mi dios, mi marido, verdugo y maltratador, de encontrarme hoy a mi misma y después de tantos años ponerle punto final a nuestra historia. Soy culpable, Juan, de ser mujer, echarle, por fin, ovarios a la vida y abandonarte”.
 
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1 Comentario
Fecha: Miércoles, 25 de noviembre de 2015 a las 11:03
Clara
Muy buen relato con una carga de realidad aplastante. Felicidades a la autora.

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