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Luis Ángel Díez Lazo
Viernes, 12 de agosto de 2016
Luis Ángel Díez Lazo

Perseidas

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Cuando mi madre notó que se le mojaba la ropa, se encontraba sola en casa.
No era la primera vez, ya había notado antes esos dolores y el miedo con la esperanza superponiéndose.
Llamó a la vecina, que acudió rápidamente en su auxilio y la acompañó a tenderse en la cama y a despojarse de la ropa.
Mi padre fue fiel a la costumbre, adquirida un año antes y respetada hasta el final, de no estar presente ni en el acontecimiento, ni en la casa, cuando nacieron sus hijos.
Hacía algo más de un año, que una noche parecida, los mismos dolores asaltaron el sueño de mi madre. Pero después de la sangre, el sudor y las lágrimas, apenas pudo distinguir, en la cara morada de su pequeña, un vago gesto de vida. Después la sentencia del médico; Ha nacido prácticamente muerta.
Así el miedo era mayor ésta vez, miedo al dolor y al fracaso, miedo de volver a ver salir a mi padre, con una cajita de madera al hombro, camino del cementerio.
Pero después del dolor y los gritos, el llanto desgarrado de mi garganta, apagó todos los demás sonidos de la casa. Y mi pequeño puño se agarró con desesperación  a los dedos aun fríos de mi madre.
Cuando los dos descansábamos el cielo pareció celebrarlo con una lluvia de luz y pronto supe que cuando yo nací, desgarraban el cielo Las Perseidas.
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