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Redacción
Viernes, 14 de julio de 2017
Fiestas patronales

Las hermanas del Blanco y Esther Ferreras se hacen con el I Concurso de Relatos de Gordaliza

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El Concurso de Relatos de Gordaliza del Pino ‘Historias de pueblos y sus gentes’ ya tiene ganadoras. ‘Chimeneas deshabitadas’, de Gelines del Blanco Tejerina, ‘Una desgracia’, de Esther Ferreras Fernández y ‘Las cucharas de Genaro’, de Laly del Blanco Tejerina, han sido los tres trabajos seleccionados en la primera edición de este certamen impulsado por el Ayuntamiento de Gordaliza con el propósito de “acercar la cultura al pueblo y poner en común distintas visiones sobre el medio rural”, explicó anoche el alcalde, David Aláez Pons, encargado de presidir la gala de entrega de premios del concurso de relatos, que también sirvió como pregón de las fiestas del Carmen, las patronales de Gordaliza, que arrancaban anoche y que siguen hasta el lunes.     
En cuanto a las ganadoras, Gelines y Laly del Blanco Tejerina (primer y tercer premio respectivamente) son dos hermanas gemelas afincadas en León con una amplísima trayectoria en el ámbito de la literatura ‘exprés’. Han ganado numerosos premios en todo el territorio nacional y, además de la escritura, cultivan una pasión especial por el arte. Es más, en diciembre de 2015, Laly del Blanco expuso en La Peregrina de Sahagún una colección pictórica realizada sobre piedra, cuero o madera. 
A la veteranía de las hermanas del Blanco, la frescura de Esther Ferreras Fernández, también afincada en León, y que, según comentó durante la gala, era la primera vez que se presentaba a un concurso literario. Además de un premio en metálico y el calor las gentes de Gordaliza, las escritoras se llevaron para casa algo de la gastronomía local, especialmente conocida por sus dulces (Dulces Ramos) y sus vinos (Bodegas Casis). 
 

‘Chimeneas deshabitadas’, de Gelines del Blanco Tejerina
Ha muerto José. Y yo con él. Era mi último habitante. La comitiva fúnebre encabezada por el  señor cura, enfila la cuesta del cementerio cubriendo sus rezos con paraguas negros. Los habitantes del asfalto, una vez que entreguen su cuerpo a la tierra regresarán a la ciudad y el silencio a mis callejas. Vi nacer a José, su padre  estaba tan feliz que llenó la iglesia de flores, encaló la casa y  mato un ternero. Su madre plantó un rosal en la puerta de casa que trepó durante muchas primaveras. En aquella época nacían niños, crecían los huertos, el ganado, los trigales y el bullicio. En su juventud, presencié los abrazos furtivos con Adela, tras portones hoy vencidos por el peso del abandono. Las campanas sonaron  el día que José, Adela y el hijo que llevaba en su vientre juraron cuidarse. Engendraron otros dos, tras balcones recién pintados y fuertes muros cubiertos por el rosal. Los rapaces crecieron en patios emparrados, mientras Adela, frotaba sábanas al son de cantares, en el pilón donde hoy el musgo dibuja mapas de países muertos
El otoño llegó tormentoso. Cayeron las hojas, la escuela, y un rayo amputó al campanario. Desaparecieron los renacuajos a falta de niños y los rincones oscuros ya no cobijaban amantes porque un vendaval se los llevó a la ciudad. El día que se cerró la primera puerta el efecto dominó las cerró todas. Sentí los cerrojos, uno a uno. Aquel día empecé a morir, lentamente, hasta hoy. Solo quedaron José, Adela y algún verano sus nietos. Las colillas de celtas y el olor a sopas de ajo eran los únicos indicios de vida en unas calles donde se instaló el invierno perpetuo, porque  el frío venía de dentro de las casas, desnudas de conversaciones y abrazos, vestidas de ortigas y olvido. 
Cuando Adela se fue al cielo con su pañoleta puesta, José, mimetizado con el poyo de la puerta, cuchicheaba, solo para él, o para mí. Comprendió que lo mejor ya lo había vivido y se le escapaba el pasado por la boca y la mirada. Se despeñaron sus recuerdos y las cuadras. Cada teja que caía era un grito de dolor  de viviendas que se desangraban piedra a piedra, viga a viga, dejando ver sus entrañas. Las cocinas que albergaron tertulias y rosarios ya solo emitían quejidos de madera rota. Entre las ruinas, una foto de boda en blanco y negro, lloraba su tinta los días lluviosos. Como hoy.
¡Amigo José, qué ligera fue tu vidas y cuánto pesa tu muerte! Ya solo me recorre el silencio, violado por algún grupo de turistas domingueros  que fotografían mi decadencia. Mis heridas, el riachuelo que un día albergó truchas y hoy es remanso de olvidos. Me derrumbo cada día, porque hay cansancios imposibles de aliviar con descanso. Añoro los labios temblorosos de José sujetando la colilla mientras murmuraba. Estoy a punto de no ser, porque ya no habita el humo en ninguna chimenea… Ya no habita… ya no…

 

‘Una desgracia’, de Esther Ferreras Fernández

¡Una desgracia! – sentenció golpeando el suelo con el bastón. – ¡Esta crisis es una desgracia! Te lo digo yo Fermín, esto es sólo el principio.

Los dos amigos estaban sentados en un banco de madera apoyado sobre la fachada de una vieja casa de adobe ligeramente inclinada. Fermín miraba a su alrededor sin decir ni una sola palabra. Su rostro estaba tan arrugado que ya no se podía leer en él emoción alguna, pero eso no quería decir que no hubiera prestando atención a las palabras de Abundio. De hecho, llevaba un rato rumiándolas, masticándolas y digiriéndolas poco a poco para que no se le atragantaran. 

- Pues para mí la crisis ha sido una bendición – comentó al cabo de unos minutos, continuando la conversación como si nada.

- ¿Una bendición? – preguntó Abundio sorprendido mientras se giraba para mirarle a la cara por primera vez en toda la tarde. - ¿A ti te parece que una tasa de desempleo del 25% sea una bendición? ¿O acaso lo que te parece una bendición es que te hayan congelado la pensión por tiempo indefinido? ¡Tú estás mal de la cabeza! Me temo, querido amigo, que empiezas a chochear.

Fermín permaneció inalterable ante las acusaciones de su amigo. A lo largo de sus sesenta años de amistad se habían llamado de todo y, aun así, seguían quedando tarde tras tarde en el banco de la plaza para conversar de los asuntos del día. En realidad, más que una conversación solía ser un monólogo. Siempre era Abundio el que hablaba mientras Fermín, hombre de escasas palabras, escuchaba. Le gustaba pensar que el secreto de una relación tan duradera era que, ya hablaran de fútbol, política, religión o comida, él nunca le llevaba la contraria. No porque estuviera de acuerdo con él en todo o por no cabrear a su amigo, sino porque gustaba de escucharle hablar hora tras hora. Hablara de lo que hablase. Pero aquel día no. Aquel día no se iba a callar. 

- Razón no te falta, Abundio – dijo al tiempo que se levantaba y se colocaba frente a él – Pero mira – se giró y señaló los triángulos de colores que cruzaban la plaza de un tejado a otro - ¿Cuántos años hemos estado sin banderines porque no había mozos para colgarlos? ¿Y el parque? Muchos millones cuando éramos ricos, pero ni un solo niño que lo estrenase. ¿Y ves a aquel de allí, el de la barba de pordiosero?  - señaló a un joven que reía en medio de un grupo de hombres y mujeres al otro lado de la plaza – Mi nieto el mayor no venía a las fiestas desde hacía más de diez años. Si esto es la crisis, bienvenida sea. 

Abundio no dijo nada. Fermín sonrió, por primera vez en su vida su amigo se había quedado sin palabras. 

 

‘Las cucharas de Genaro’, de Laly del Blanco Tejerina

Se llamaba Genaro.
Vivía en un pueblo invadido por la calma, allá donde se detuvo el tiempo.
Solo el siseo del aire entre los chopos de las huertas, rellenaba ausencias y mataba silencios, desde que los jóvenes se fueron, llevándose el griterío con ellos. 
Las mujeres hacían tertulias al frescor de los zaguanes y los hombres charlaban a la sombra de la iglesia, donde los mayores dormitaban y al fondo, se oía el rezo de una abuela, mientras ponía una vela al Santísimo. En las puertas descansaban, perezosos, perros tan ancianos como sus amos. En invierno, desgranaban melancolías al calor de las lumbres, mientras el viento pasaba por sus ventanas o la nieve cubría el pueblo de una paz aún más blanca.
Genaro sólo hacia cucharas y escuchaba. Tenía poco que contar porque jamás salió de aquel pueblo. Siempre se le vio con los pies enterrados en virutas y las manos ocupadas. Ni siquiera sabía su edad. Hubo un tiempo en que la calculaban por el tamaño de sus cucharas, que iban creciendo con él, hasta el día en que dejó de crecer y las cucharas conservaron para siempre el mismo tamaño.
Todos hablaban del misterio de las cucharas de Genaro. Las comparaban entre ellos, las median… y siempre eran idénticas. Los vecinos del pueblo  guardaban  su secreto cuando los curiosos iban a verlo tallar, pues su fama se fue extendiendo por toda la comarca, para orgullo de sus paisanos.
Él, impasible ante los espectadores, colocaba un trozo  de madera en la palma de la mano izquierda, con el extremo siempre en la yema del dedo corazón y el final a medio antebrazo. Entonces, calculaba las medidas cruzando la mano derecha en distintas posiciones sobre la madera, con agiles movimientos que solo él entendía. Cuatro dedos sería el largo de la cuchara, tres dedos sería el ancho, una cuarta a partir de la muñeca... así, iba haciendo muescas que señalaban las medidas. Después empezaba a darle forma, lo estrechaba  a la altura del nudillo y allí empezaba  una concavidad idéntica al cuenco de la mano. A partir de allí, en sentido contrario, calculaba una cuarta y aquel sería el mango…
De esta forma su mano se convertía en un molde, la navaja marcaba el ritmo y  la madera parecía maleable con el roce del metal. Empezaba lentamente, como si los elementos se tanteasen hasta conocerse, después se producía un baile vertiginoso  de manos,  virutas y acero a tal velocidad que las formas de la cuchara iban apareciendo como por arte de magia. Finalmente, la pulía con un puñado de arena o un cristal, lo que tuviera a mano, hasta hacer que la madera pareciera satinada. Dicen que llegó a hacer una cuchara en seis minutos.
Cuando los visitantes, asombrados por su destreza, preguntaban cómo lo hacía, él  siempre respondía lo mismo: 
-Yo no hago nada, son la madera y la navaja las que se entienden. 
Respondía como trabajaba, con los ojos perdidos en el vacío, porque Genaro era ciego. 

 

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2 Comentarios
Fecha: Sábado, 15 de julio de 2017 a las 11:48
Algil
Enhorabuena a la ganadora y al ayuntamiento por la iniciativa.
Bonito relato y, por desgracia, muy real. Pero me niego a dar por hecho esa visión pesimista que desprende.
Este cambio social que nos ha llevado a casi todos a la ciudad no puede acabar con la vida de los pueblos. Hay gente, me incluyo, que seguiremos luchando, incluso a pesar de las administraciones, para que la «vida» en los pueblos permanezca.
Fecha: Viernes, 14 de julio de 2017 a las 11:20
Laly del Blanco Tejerina
Infinitas gracias por vuestra acogida, por vuestro cariño y por esos "deliciosos" premios que, en plena operación bikini... son una faena.
En serio, GRACIAS especialmente a David, ese joven alcalde que desborda amabilidad.
A partir de ahora, seguiremos en contacto.
Un abrazo

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