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Cristina Domínguez
Martes, 6 de marzo de 2018

¿Sueñan las cabras con turistas eléctricos?

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Eva Catalán firmaba la semana pasada en El País Semanal un reportaje muy simpático (simpático: de esos que no sabes si reír o llorar) sobre la última moda en California. Ésta, consiste en “pasear detrás de un rebaño de cabras” inhalando la paz interior que desprenden, por lo visto, las simpáticas rumiantes. Los que ya han practicado este método de relajación aconsejan, por ejemplo, dejarse llevar por el ruidín (“como de lluvia”) que hacen los bichos cuando mastican la hierba…

“Urbanitas entusiastas de la vida campestre. O crédulos objeto del último timo de la corriente del bienestar. Según se mire”, cuestiona la periodista, que aporta un dato revelador: la ‘bobada’ del yoga-rebaño llama la atención de unas 30 personas al mes, que pagan religiosamente 36 euros por correr tras las cabras.

A pesar de contar con atractivos mucho más sólidos (también tenemos cabras) el turismo, en cualquiera de sus modalidades, es un fenómeno casi paranormal en el sureste leonés a excepción del que arrastra el Camino de Santiago, el patrimonio ‘mayor’ de Sahagún o Grajal de Campos y, últimamente, la villa de Almanza, ya en materia deportiva y medioambiental.    

En Bercianos del Real Camino no eran cabras, fue con ovejas, pero el concierto de cencerros que acogió la población en octubre de 1999 logró que una pequeña población leonesa saliese hasta en la prensa neoyorquina. Hablamos de ‘Felipe vuelve a casa con las ovejas sonando’, una acción sonora realizada por el músico Nilo Gallego en colaboración con el pastor Felipe Quintana y trescientas ovejas churras con otros tantos cencerros que hicieron de Bercianos referente mundial del movimiento artístico Land Art.

Además de rumiantes, ambas propuestas, curiosas cuando menos, coinciden en dar un nuevo uso a los recursos endógenos del territorio que, junto a una dosis de originalidad, garantizan, al menos, un autobús de turistas al mes.

Y es que, en la era de las nuevas tecnologías, la comunicación, el consumo voraz, la inmediatez, la globalización… (tiempos nuevos, tiempos salvajes) editar un tríptico o señalizar los monumentos, aunque sea con led de 90.000 lúmenes, no es suficiente para ‘vender’ el producto, aunque sea de primera calidad.

Lo primero: toca creérselo. Y aunque paradójicamente de fe va sobrada la comarca, confiar en los recursos propios no se lleva. Hablamos de materia prima sin explotar: historia e historias, patrimonio, etnografía; de gastronomía, de productos agroganaderos de calidad, de medio ambiente… pero también de otros reclamos que se han dejado de apreciar por comunes y ahora se demandan más que nunca: el silencio, el aire puro, el contacto directo con la naturaleza, los alimentos de origen…  potenciales que duermen el sueño de los justos tal vez por falta de imaginación y amor propio.

¿Sabías que el juego de los chinos se inventó en Bercianos?, ¿que allí mismo anida una de las aves más raras del mundo (el avetoro) y que otra, la avutarda, forma en Matallana el corro de apareamiento más importante de Europa?, ¿has probado la miel del Valderaduey, los puerros de la vega o los amarguillos?, ¿sabías que en Sahagún descansan los restos de un rey o que es de allí uno de los precursores del lenguaje de signos?, ¿has visto el Museo Etnográfico de Villamartín, la momia de Sahagún o los restos óseos que ‘decoran’ la iglesia de Gordaliza?, ¿conoces las curiosísimas reliquias de santos que guarda la iglesia de San Miguel de Grajal o los ecosistemas vírgenes que todavía conserva Almanza?... Toca creérselo.    

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