Damián Fernández
Viernes, 20 de Febrero de 2026

Los zapatos de Nemesio

Mi nombre es Damián Fernández, el de Castellanos, y soy uno de los pocos que, habiendo nacido en 1926, todavía hoy puede contar alguna cuita de esta larga vida.
 
Aunque el cumpleaños es el día 23, me dispongo a celebrar mis 100 años de vida este sábado, día 21 de febrero, con una misa cantada por nuestro párroco y la soprano Ana Clara y un ágape para todos los que queráis, en Castellanos. Estáis todos invitados (lo digo ahora por si luego se me olvida); a partir de la una del mediodía, os espero.
 
Me considero una persona con suerte, pues de todas las tragedias que en el mundo han sido -terremotos, riadas, accidentes de coche, de tren…-, ninguna me ha tocado; también porque todavía puedo recordar, con nostalgia, casi cada uno de los días que en mi vida han pasado. Recuerdo también cada una de las personas con las que he compartido esa vida. Sigo teniendo ganas de compartir con las personas que están cerca de mí lo bueno de la vida. No puedo olvidar que muchas de las personas que han significado todo para mí, ya no están. Es la lógica de la vida. Doy gracias a Dios por poder estar aquí contando algo de mi experiencia.
 
Cuando fui a la escuela, con la corta edad de seis años, que era cuando tocaba por aquel entonces, éramos setenta y dos personas, entre mujeres y hombres. Íbamos todos juntos, como culto a la coeducación, que tan en boga estuvo luego en el panorama educativo, con un solo maestro. Luego desapareció la escuela mixta por mucho tiempo, cuando se acabó la guerra civil. Tiempos duros a la vez que muy difíciles. Prácticamente no teníamos de nada de lo que ahora nos parece imprescindible. Nos valía con lo básico.
 
Me encantaba ir a la escuela, era el sitio de reunión, de tanta gente y con tantas ganas de vivir… se nos ocurría de todo para pasarlo en grande, a la vez que aprendíamos. Aprendí a leer y escribir lo mejor que pude, como se decía en aquellos momentos, las ‘cuatro reglas’ esenciales para poder valerse por uno mismo: sumar, restar, dividir y la tabla de multiplicar (mira que era difícil). Incluso recuerdo hacer raíces cuadradas, aunque ninguno de nosotros veía su utilidad. Recuerdo que el maestro nos decía: “tú apréndelo, que el saber no ocupa lugar”.
 
Cuando cumplí los catorce años era el momento de salir de la escuela. Yo tuve suerte, porque, aunque cumplí los catorce en febrero, me dejaron ir a la escuela hasta septiembre de ese año. A esa edad, se daba por terminada la etapa escolar, no quedaba otra. Éramos una nueva fuerza laboral y mi padre, Prudencio, me puso a trabajar con él en el campo. 
 
 
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Íbamos a arar con las vacas, yo era nuevo, mi padre tenía que enseñarme. Para ello, tocaba estar equipado. En aquellas no se compraba nada porque no había dinero para hacerlo. Me regaló unos zapatos de campo, que él había adquirido de segunda mano a Nemesio (padre de Avelino), que me estaban cuatro números grandes y me hacían mucho daño en los talones. Pero yo iba contento con mi padre a arar y, cuando parábamos a comer, él sacaba de su bolsillo sus seis nueces (era lo que le tocaba) y yo tiraba de un buen trozo de pan, al final del cual se veía, más bien se intuía, algo parecido a chorizo. A medida que, con los mordiscos, me iba acercando al mismo, desplazaba el chorizo para el fondo del pan, así me decía mi padre que siempre iba a comer pan… con chorizo.
 
La pobreza sobre la pobreza, pero la alegría de vivir, de conocer a la que fue mi compañera de toda la vida, Maruja. Entre ella y yo, con los zapatos de Nemesio, empezamos la larga vida a la que ahora doy gracias. Construimos una familia de la que siempre estuvimos orgullosos: hijos, muchos hijos (hasta ocho, uno de ellos fallecido de pequeño), nietos (hasta nueve) y ahora un biznieto que llevará hasta mí mismo nombre… ¡Qué gran honor!
 
Los zapatos de Nemesio duraron mucho tiempo; con ellos empecé a ir a las tierras y poco a poco se anduvo el camino pasando penurias y aumentando la producción en las pobres tierras, que lentamente fuimos haciendo productivas.
 
Los tiempos fueron cambiando, evolucionando, siempre para mejor. Llegó la revolución industrial, también a Castellanos, llegaron los tractores, la maquinaria…ya me pude comprar unos zapatos nuevos y dejar los de Nemesio…creo que ya no los heredaron mis hijos, je, je. Aún recuerdo la cooperativa agrícola que formamos para trabajar juntos: Ángel, Teodoro, Jerónimo, Rufino y yo juntamos nuestras tierras y nuestras fuerzas. España empezaba a despegar y nosotros también a través de las ansiadas cooperativas. 
 
Sigo activo, para que el cerebro no sufra una desconexión del cuerpo, y aunque este ya tiene 100 años encima, yo creo que uno envejece en los espejos por los que se va viendo a través de la vida. Yo miro todos los días el espejo de mi baño, para que no se pase nada de la vida que me ha tocado vivir.
 
Olvidé los zapatos de Nemesio, pero lo que no se me olvida es que ahí empezó todo… y que siga. Un saludo.
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