José Antonio Campillo Gayo
Viernes, 27 de Febrero de 2026

La llamada de la campana II

Por el camino viejo del puente-hierro,

discurre una senda larga y quebrada,

por donde retornan a casa nuestras esposas,

ya sean madres, hermanas o, parentela,

con las mentes en su prole y un pañuelo a la cabeza,

fatigadas y cansadas, pero sin aparente quebranto.

 

Aguerridas espigadoras, encomiables baluartes,

ralentizando la marcha por la carga y la holganza,

el calor de la jornada y la dilatada distancia;

las más, sudando la gota gorda, ninguna malhumorada,

dicharacheras y alegres, siempre en buena armonía,

con las alforjas al hombro, o bien, sobre las espaldas;

mejor, espigas de trigo, sin despreciar la cebada,

en días claros y largos con soles ocasionales.

 

La mañana ya se va, y las horas no se alargan,

anuncian el mediodía, al Ángelus están tocando,

las campanas rompen silencios que incomodan a los canes,

las respigadoras alegran el paso, llegando están a sus lares,

al ver el campanario tan cerca y la espadaña a la espalda,

recitan el Fiat del Ángel, que es el mejor exponente.

 

Al oír las campanadas, el labriego es el primero

que da asueto al ganado y descanso a su cansancio,

secándose presto el sudor, antes de musitar la oración;

el panadero hace lo propio imitando al labrador,

espera a que el pan asiente y se expanda libremente;

el albañil es del mismo sentir, deja la llana en el suelo,

uniendo sus ásperas manos y alzando la vista al cielo.

Todos los gremios son de la misma opinión, a saber:

los tenderos y el barbero, el chatarrero y herrero,

también el caminero y hasta el ínclito pregonero …

 

El sacristán se desata dentro del pequeño recinto,

haciendo vibrar al bronce en novenas y festivos,

bautizos y bodas todas y en tardes de funerales,

con repiques más pausados y crespones seminegros.

 

Entre tañidos y sones, las palomas se amedrentan,

buscan a toda prisa, las puertas que estén más cerca,

dejando estelas de plumas en repisas y ventanas,

despliegan sus curvadas alas, con visos desesperados,

fuera del perímetro atisban, que solo habitan las sombras,

las figuras son fantasmales, vagando sin rumbo fijo,

desorientadas en tromba, merodean aledaños,

en vuelos cortos de escorzo, sin viento a favor o en contra,

quizá susurren: ¡qué difícil es volar, estando la luz ausente!

el palacio está contiguo, el castillo es buen refugio,

mas, prefieren a cada momento, el retorno a su aposento.

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