Andrés Herrero
Viernes, 27 de Febrero de 2026

El alma del río

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Nadie vive lejos del agua. Toda comunidad humana tiene un curso fluvial de referencia y, en esta comarca, ese caudal de vida e historia se llama Cea. Como todos los ríos, es frontera y camino, línea que separa y senda que une. Es también metáfora del fluir incesante de la existencia, del paso del tiempo y de la transformación. Corredor vital y alma del paisaje, integra biodiversidad y actividad humana, y ha sido fundamental para la sostenibilidad ambiental y para el desarrollo social y económico de una tierra que hoy afronta el desafío de la despoblación.
 
El río Cea tiene unos 175 kilómetros de largo. Nace por las alturas próximas al puerto del Pando, en las fuentes de Prioro y Tejerina, y baja a los páramos leoneses de pan y de vino, serpenteando entre peñas y terrazas hasta aplanarse en un curso llano que, tras acariciar la provincia de Valladolid y después de atravesar vegas y campiñas, entrega finalmente sus aguas al Esla, por la comarca zamorana de Benavente.
 
En su curso medio y bajo, ejerce de raya divisoria natural y de espejo de dos paisajes distintos. En la orilla izquierda comienzan las llanuras onduladas y desarboladas de la Tierra de Campos, que se asoman al agua desde cerros y cortados de barro y cascajo. En la margen derecha se extienden las choperas, la vega extensa y los terrenos de secano y regadío que ascienden suavemente hasta conformar el espacio de los páramos. Dos geografías complementarias modeladas por una misma corriente.
 
El río toma y el río da. En épocas de lluvia, recoge el aporte de una red de arroyos y regueros que, como pequeñas venas, alimentan su caudal. En la actualidad no acusa con tanta severidad las sequías estivales, gracias al trasvase procedente de los canales de riego de los Payuelos, aunque, a su vez, cede parte del agua al Carrión a través de otro canal que parte del azud de Galleguillos. No cuenta con embalses que regulen su curso —quedó en proyecto olvidado una presa en la zona de Almanza en los años treinta del pasado siglo—, de modo que, al discurrir por un cauce bajo y amplio, es propenso a fuertes riadas y desbordamientos. Esas crecidas, como las vividas este invierno, alteran el hábitat natural, dañan cosechas y ganados y afectan a caminos e infraestructuras rurales, recordando la fuerza bravía del agua cuando recupera su espacio.
 
Además de frontera, el Cea ha sido históricamente camino. Su trazado constituye una vía natural de comunicación entre la cordillera y las tierras llanas. Por su entorno discurrió una calzada romana, la Vía del Pando, que enlazaba con la Vía Trajana desde la zona de Sahagún. Más tarde, por aquí transitó la ruta medieval lebaniega, que conectaba el Camino Francés con el santuario de Santo Toribio, en Cantabria. También lo hicieron las viejas vías de la trashumancia, como algunos ramales de la Cañada Real Leonesa Oriental, por donde los rebaños ascendían desde Extremadura, atravesando Salamanca y Zamora, hasta los pastos veraniegos de la montaña leonesa. El río, así, no solo marcaba territorios, articulaba movimientos, intercambios y culturas.
 
Puede que el Cea no figure entre los ríos ilustres, quizá por su carácter discreto frente a cuencas más extensas y renombradas. Sin embargo, sus riberas atesoran una riqueza natural y patrimonial que no puede ignorarse. Y ya no es solo el valor de su flora y de su fauna y la actividad agrícola, ganadera y forestal que le acompaña, sino que a lo largo de su curso se suceden pueblos y caseríos, puentes y molinos, chozos y corrales, acequias, balsas de baño y lavaderos, bodegas, palomares y lagares, santuarios, ermitas, iglesias y monasterios, cuevas, túneles y castros, hornos, tapias y tejares, torres, castillos y murallas. Junto a ellos perviven vestigios que abarcan desde la prehistoria y el mundo vacceo hasta el legado romano, románico, mudéjar, gótico y renacentista, sin olvidar las huellas de la arqueología industrial y las infraestructuras contemporáneas.
 
A ese patrimonio material se suma el inmaterial, como festejos, romerías, músicas y danzas, juegos del agua y deportes populares, hablas y tradiciones transmitidas de generación en generación. También el recuerdo de personajes históricos, santos venerados, seres mitológicos y leyendas que beben de sus aguas y alimentan el imaginario colectivo. Todo ello compone una memoria compartida que el río ha ido depositando, capa a capa, en sus orillas.
 
El vino ha sido uno de sus compañeros más fieles. Desde la Edad Media, las riberas soleadas del Cea han cultivado viñedos cuyo fruto fue sustento, riqueza y moneda de cambio. Con vino se pagaban herramientas y enseres que los arrieros bajaban de la montaña en carros de bueyes, y con cubas, orujos y legumbres regresaban río arriba, traqueteando por las cuestas hacia las Tierras de la Reina y San Glorio.
 
Hoy se mantienen bodegas en sus orillas desde Sahagún hasta Benavente, pasando por Grajal, la zona de las Matas, Mayorga, Gordoncillo y Valderas. Incluso esa afinidad entre el agua de su caudal y el vino de su ribera puede llegar más allá y acoplarse a otros vinos y a otras aguas con las que se va encontrando en su recorrido: si imagináramos el viaje de un simple corcho de botella, de una pequeña bodega de esta zona, arrojado a un reguero cercano, pronto alcanzaría la corriente del Cea que lo llevaría, entre zarzas, paleras y saucos hasta el río Esla transportando aromas de prietos, mencías, albarines, godellos y garnachas. Más adelante se adentraría en el Duero, después de la presa de Ricobayo, y se le unirían esencias del tempranillo, albillo, cabernet, verdejo y uvas tintas que bajan desde Toro y Valladolid. Luego llegaría a los cañones de los Arribes para girar a la derecha y serpentear por el centro de Portugal, impregnándose de los olores de las variedades de la malvasía, la touriga o el rabigato, contemplando las bodegas centenarias que jalonan el final del río, hasta concluir el viaje perdiéndose en el océano Atlántico, pasados los estuarios de Oporto. Una pequeña odisea líquida que simboliza la continuidad del territorio y la comunión entre agua, vino, paisaje y paisanaje
 
En definitiva, el Cea no es solo geografía ni mero recurso natural. Es un símbolo cultural cargado de pulso y memoria. Sus aguas han tejido, a lo largo de los siglos, una red de paisajes, oficios, construcciones, caminos y relatos que explican la identidad de lo que somos. En su discurrir lento y constante late, todavía, el alma de esta comarca.
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