Redacción Redacción
Lunes, 11 de Mayo de 2026
Apaga el motor de su furgón tras recorrer 720.000 kilómetros, cerrando un ciclo que inició con 14 años y que terminó el día de su 65 cumpleaños

El último viaje de Arquelao: 50 años repartiendo vida y fruta por los pueblos de la vega

San Martín de la Cueza despide con una fiesta sorpresa al vendedor ambulante que alimentó a cuatro generaciones

El cuentakilómetros de Arquelao Alonso Pascual (Bustillo de Cea, 1961) se detuvo este sábado con la precisión de quien ha hecho de la puntualidad un sacramento. No hay carambola más poética: el mismo día que soplaba las 65 velas de su tarta, apagaba el motor de una profesión que ha ejercido durante medio siglo exacto. Atrás quedan 50 años de madrugadas y carreteras secundarias que empezaron a dibujarse cuando, siendo niño, se subió al camión de su padre para descubrir que su sitio estaba en la carretera. Arquelao no eligió un trabajo; eligió una forma de resistencia, convirtiéndose en el último gran baluarte de un abastecimiento rural que no entiende de rentabilidad, sino de personas.
 
 
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Enciende el piloto de la jubilación y apaga el contacto de su camioneta habiendo recorrido más de 720.000 kilómetros para sostener el latido de unos pueblos que, tras su retirada, se quedan un poco más silenciosos. Si volviese a nacer, "haría lo mismo". Lo dice sin titubear, con la seguridad de quien sabe que su destino era levantarse antes de que claree para que la señora Maruja o el señor Manuel tuviera sus naranjas y, sobre todo, para que nadie en la vega se sintiera olvidado.
 
La penúltima parada de su vida laboral fue San Martín de la Cueza. Allí, el sonido de su bocina -ese que durante décadas ha sido el despertador de la supervivencia en el pueblo- sonó con un eco diferente. Los vecinos, conjurados en un secreto a voces, le esperaban con una fiesta sorpresa. Hubo tortillas, embutido, pastas, besos, un ramo de flores… pero sobre todo hubo una gratitud que no cabe en ninguna factura. “Ha dado de comer a cuatro generaciones”, comentaban en el corro, conscientes de que con su jubilación no se va un repartidor, sino un vecino, un confesor y un testigo de la historia íntima de la comarca. “Además de bueno y gracioso. Siempre ha tenido un gran sentido del humor”. 
 
La historia de Arquelao es el relato de una resistencia numantina. En un medio rural donde la Administración a menudo solo ofrece planes sobre el papel, figuras como la suya han sido el verdadero soporte vital de los pueblos. Mientras las tiendas bajaban la persiana y la burocracia asfixiaba al pequeño comercio, él seguía recorriendo carreteras imposibles para llevar alimento a esos 'cuatro gatos' que, para él, siempre fueron lo más importante. Porque en la lógica de Arquelao, el mercado no entiende de rentabilidad, sino de personas.
 
 
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La casualidad, a veces cruel, ha querido además que la panificadora que servía a la localidad también haya dejado de prestar servicio. San Martín de la Cueza se queda huérfana de provisiones y de ese contacto humano que Arquelao regalaba en cada parada. "Ahora toca aparcar el furgón y coger el coche para ver a los nietos", bromeaba este sábado mientras recibía un diploma que lo resume todo: "Por toda una vida dedicada con esfuerzo, cercanía y humor a llevar la comida a nuestros hogares, siendo parte del día a día de nuestro pueblo y creciendo junto a generaciones que siempre recordaremos tu trabajo y entrega”.
 
720.000 kilómetros contra el olvido
Calcula haber recorrido más de 720.000 kilómetros. Es una cifra mareante, pero se queda corta para resumir lo que significa entrar en las casas, conocer los parentescos y recordar quién prefería la fruta más madura o quién necesitaba una charla de 10 minutos para romper la soledad del invierno. Arquelao nunca fue un simple vendedor; fue el cordón umbilical con el exterior de un territorio cada vez más vacío.
 
 
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Pese al desgaste de las madrugadas y los inviernos de nieve brava, no hay rastro de arrepentimiento. Su despedida este sábado, entre aplausos y alguna lágrima contenida, pone de relieve una realidad incómoda: no hay relevo para quienes consagran su vida al servicio de los demás en condiciones tan duras. Arquelao Alonso Pascual deja la carretera con el deber cumplido y el cariño de una comarca que, desde este lunes, echará de menos ese claxon que era, en el fondo, el latido de un pequeño mundo. 
 
- “¿Te acuerdas cuando se estampó el camión contra esa casa?” 
Un coro de risas despide a Arquelao mientras él, medio a escondidas, se enjuga los ojos y arranca el camión por última vez.  
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