Vengo de las manos rotas y el madrugón amargo. De ahí vengo. Del sudor limpio de mi padre. De su lomo doblado ante el ‘amo’ de turno. Aquellos tiempos sin horarios ni salarios mínimos en los que imperaba la ley de la conveniencia. Una injusticia vestida de rutina. Vengo de una madre coraje. Cinco hijos a la espalda y otra niña que se fue al tercer día... Y un reloj sin horas. A las cinco de la mañana salía a arrancar lentejas. Las matas que se le escaparon a la segadora. Para quedarse con un miserable diez por ciento de las que recogía. Luego ordeñaba las dos vacas que había en casa. Después, limpiaba suelos ajenos. Y cocinaba. Dentro y fuera de casa. Un torbellino de entrega generosa. Una lección viva de dignidad. Sin quejas. Con el alma en cada esfuerzo.
En casa no sobraba nada. Pero nunca faltó nada. Tuvimos coche desde que estrené el carnet. De segunda mano, claro. Varios. Duraban poco. Los muebles se cuidaban como se cuidaba todo. Éramos ricos en lo esencial. El dinero era otra cosa. Mis padres nos regalaron el mejor escudo. Su intuición. Su saber hacer a la fuerza. Nos enseñaron a sobrevivir en cualquier suelo. A pisar firme en el barro y en la alfombra. Gracias a ellos aprendimos a adaptarnos. A cambiar de escenario sin cambiar de piel.
Y la vida cambió. Llegaron los éxitos laborales, incluso la televisión –quién lo iba a decir- los aplausos... La pequeña fama efímera que todo lo altera. Llegaron los cargos relevantes. El reconocimiento social con su música celestial. Un viaje de ida y vuelta al corazón del sistema. Un escaparate brillante. Me alegra no haber perdido la cabeza. El foco ciega y calienta pero no me quemó.
Hoy vivo de otra manera. El tiempo y los años han perfeccionado mi retina. Mi perfil público es discreto. Y en este silencio es donde mejor se ve el paisaje. Donde todo se aclara. Puedo ver con nitidez la brecha real. Es gigantesca. Una desconexión total entre los más adinerados y el resto. Dos mundos que se cruzan sin mirarse. Unos viven la vida. Otros la sufren y la pelean. Es una distancia que asusta.
Sigo sin entender las clases sociales. ¿A cuál pertenezco yo ahora? Quiero creer que a la de mis padres. Es mi raíz. Mis circunstancias son mejores, lo sé. Tengo comodidades que ellos ni soñaron. Pero el corazón no entiende de cuentas bancarias. Jamás abandonaré la clase de la que provengo porque es la que siento. Sería traicionar mi propia historia. Tampoco dejaré atrás a mis amigos de siempre. Los de aquí con los que disfruto del fútbol, las comidas, las charlas, los paseos... tantas cosas; y los del pueblo. Aquellos con los que fui a la escuela y con los que hacia casetas de barro y tocaba los timbres de las casas por la noche antes de salir corriendo. Los mismos con los que ahora, cuando nos juntamos, vamos a comer bacalao al ajoarriero. Los que disfrutamos de ese rincón que hoy no llega a cuarenta vecinos en invierno. Allí la vida era de verdad. Sin filtros.
He vivido entre los privilegios de otros. Los he visto de cerca. Los he tocado. Y he aprendido la gran lección. No quiero pertenecer a esa otra clase. No sé ni cómo llamarla: ¿La de las conveniencias? Me da escalofríos su frialdad. Es una clase que ignora la complejidad del día a día. Viven en una burbuja de cristal blindado. De espaldas a la realidad de la mayoría. Ajenos al dolor y al esfuerzo corriente. Y lo peor… es que ya dominan el mundo. Manejan los hilos desde su atalaya de soberbia. Yo me quedo abajo. Con la gente que sonríe con los ojos cansados. Con los que saben lo que cuesta un trozo de pan. Mi clase es la del esfuerzo y la memoria. La de mis padres. La única que me hace sentir en casa. La única que de verdad importa.
Anteayer pasó el Papa por aquí. Acaba de comenzar el mundial de fútbol. Siguen llegando pateras. Pasado el primer cuarto del siglo XXI, el cinismo colectivo sigue cabalgando. La ideología del odio se expande. La prioridad nacional les suena bien a demasiados. Que venga Dios, en persona, y lo vea. O el diablo a sentirse como en casa.
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