Era el año 1957. Mi tío Paco estaba sentado en el andén de la estación de Sahagún, al lado su maleta de cartón con cantoneras metálicas y asa de cuero. Miraba con tristeza las extensas llanuras que dejaba, las casas de adobe con sus tejados de teja árabe, el edificio de la estación, la cantina, los dos enormes depósitos de agua y, a lo lejos, las torres de las iglesias mudéjares de San Tirso y San Lorenzo y la de San Juan de Sahagún de estilo colonial.
A él no le gustaba el trabajo en el campo, además la mano de obra se iba mecanizando progresivamente, el trabajo en el pueblo era escaso, de dependiente en alguna tienda como mucho.
Una señora que se llamaba Eutimia y que era familia de la que sería su futura esposa, mi tía Tina, vivía en Barcelona y estaba casada con un policía nacional que se llamaba Celestino. La señora le hizo una carta de recomendación para una empresa de fabricación y reparto de hielo.
Y allí estaba mi tío, esperando el Shanghái, el tren expreso que le llevaría a Barcelona a trabajar y a iniciar una nueva vida en la Ciudad Condal.
Ya había contactado la familia con una persona que vivía en Barcelona y era de Sahagún para alojarse en su casa, se llamaba Maruja y de sobrenombre la Pulga. En Sahagún todos tenían apodos, la familia de mi padre eran los Patillas, decía mi tía Nico que eso era porque descendían del Conde de las Patillas.
Ahora que miro en internet me aparece un Conde de la Patilla, título creado en 1853 por la reina Isabel II para un tal Pedro de Alcántara, natural de Palencia, pero no cuadra ningún apellido, así que no debemos ser de sangre azul, como decía mi tía. Por parte de mi madre el apodo de la familia era los Carajeros, a saber por qué, eso no la sabe ni la Inteligencia artificial.
He dejado a mi tío Paco en el andén de la estación esperando al tren y a ver si venía mi padre a despedirle, era verano y estaba acabando la cosecha de cereal en un campo, pero le aseguró que le daría tiempo a llegar antes de que se fuera. Cuando faltaban cinco minutos apareció mi padre corriendo entre el edificio de la estación y los depósitos de agua, cruzó ligero las vías y llegó al andén con la ligereza de sus 26 años, Paco tenía 32.
Se dieron un abrazo rápido y mi padre le preguntó si llevaba la carta de recomendación de la señora Eutimia y las direcciones de la casa de Maruja en las Viviendas del Congreso (no parlamentario sino Eucarístico, esas viviendas fueron promovidas en 1952 por el Obispo Gregorio Modrego) y de la fábrica de hielo donde iba a trabajar en el barrio de los Quince, en la calle Mascaró.
Mi tío comprobó un momento la billetera y le dijo a mi padre que lo llevaba todo. No les dio tiempo a hablar mucho más porque oyeron el pitido del tren que se acercaba soltando chorros de vapor como si estuviera enfadado porque aún le quedaba un largo camino por delante. Cuando el tren paró entonces sí se dieron un largo abrazo, mi tío subió al vagón y mi padre le pasó la maleta. Al poco rato el tren partió entre sus brumas vaporosas y desapareció tras la curva.
Mi padre cruzó las vías lentamente pensando en cómo le iría a su hermano. No sabía que en dos años toda la familia iría a Barcelona excepto su hermana Toli que vivía en León hacía tiempo. Mi padre, mi tía Bisi, su hijo Manolín y mi tía Carmina se fueron poco a poco a la Ciudad de los Prodigios.
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