El verano pasado, una amiga y yo decidimos recorrer parte del Camino de Santiago. Mas, ignorantes ambos de las nobles intenciones del otro, lo hicimos por separado, a apenas una jornada de distancia. Ella hízolo a caballo (en su espléndido rocín blanco, de nombre Luis Felipe), y yo en bicicleta. Sólo nos encontramos, con gran emoción por ambas partes, en el albergue de Bercianos. Yo acababa de entrar; caminaba anhelante por el afán de condumio, cuando llamóme la atención un refulgor dorado a lo lejos. Agucé la vista a tiempo de ver, junto a la entrañable figura del cocinero, una hermosa cabellera rubia. Al punto me resultó familiar. Apresuréme, abríme camino entre los peregrinos que, como yo, aguardaban anhelantes su yantar, y topéme de frente con ella. ¡Era ella, en efecto! Allí estaba, tan rubia como siempre o más, con una vistosa camiseta de Rocky V. Nos abrazamos estremecidos de emoción, salimos juntos del albergue y, para celebrarlo, nos comimos a Luis Felipe (que por tantos días de camino estaba ya algo correoso, a decir verdad).
Fabiola | Miércoles, 06 de Agosto de 2014 a las 13:00:27 horas
Qyé pena, el premio al servicio del animal. Enseñanza, monta a tu alimento, aplasta a tu amigo y cómete sin ninguna culpa. No me gustó.
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