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Firmas - La Pradera de Juanda
Juanda Rodríguez
Viernes, 2 de marzo de 2018
Más de la mitad de las construcciones está en peligro de derrumbe

Palomares (II): vida ‘intramuros’

Después de repasar el número de palomares que hay en la zona es obligado tratar el estado de los mismos, pues por desgracia ya está muy equilibrado el porcentaje de los que se encuentran en buen estado y los que están deteriorados o en ruina.

 

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La radiografía la hace nuevamente Irma Basarte: “El 55% de los palomares que he inventariado están en buen estado, aunque esto no quiera decir que las restauraciones que se han acometido se hayan hecho con materiales tradicionales, pero el palomar al fin y al cabo se considera salvado. Lamentablemente un 14% de los inventariados en esta comarca su conservación es regular, de hecho, si no se restauran pronto desgraciadamente pasarían a un estado peor y en algunos casos serían irrecuperables. Seguramente que algún palomar que visité en su día ya está en peor estado debido a las inclemencias del tiempo o por los cambios de los cultivos. Otro ocho por ciento correspondería a palomares en mal estado y un 23% ya se consideran ruinas o sólo restos. De todos ellos, escasamente un 20% de palomares están en uso en la comarca, es decir, que tienen palomas, pero de este 20% no llegaría ni al 15% los que se cuidan y mantienen realmente para la cría de palomas”.

 

La carne de pichón tiene unas propiedades muy recomendadas y un alto valor culinario. Esta carne está considerada como ‘carne roja’, al igual que otras aves de caza como la perdiz o la codorniz, al contener un elevado contenido en mioglobina que otorga el aspecto rojizo a la carne. Como sucede con la mayoría de las carnes de ave, la de pichón es una excelente fuente de proteínas y apenas contiene grasas.

 

También habría que incluir como valor añadido la producción de la palomina, los excrementos de las palomas que se vienen utilizando tradicionalmente como abono-fertilizante para las huertas, otro elemento de subsistencia de las economías familiares de las zonas rurales.

 

Los tipos. El barro

Tierra de Campos cuenta con una gran variedad de palomares: redondos, cuadrados, rectangulares, poligonales, con cubierta a un agua, a dos o con cubiertas escalonadas. Dependía totalmente del albañil que trabajase en cada pueblo. Es entendible que sean de tapial y de adobe en esta zona de Sahagún, por ser materiales modestos típicos del entorno, ‘baratos’ y abundantes, al igual que son de piedra y con tejado de pizarra en La Cabrera o en El Bierzo. La utilización de la tierra y el adobe confiere al edificio unas virtudes térmicas muy interesantes al conservar el frescor en las soleadas jornadas estivales y el calor en los gélidos días invernales. Algunos de estos ‘chalets’ de palomas cuentan con patios interiores, tanto los cuadrados, rectangulares como los redondos, donde las palomas pueden tomar baños de sol sin ningún peligro.

 

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Todos, eso sí, disponen de las obligadas troneras superiores o vanos que permitan el paso de las palomas, unos pasos que se puedan cerrar en un momento dado para capturar pichones, pero también para impedir que salgan las aves por un tiempo en el caso de tener que aplicar algún tratamiento veterinario. Últimamente alguno se llegó a construir de ladrillo e incluso de los ‘antiestéticos’ bloques de cemento que soportan mejor el paso del tiempo, que no requieren apenas mantenimiento, aunque ello rompa la belleza natural de los materiales del entorno.

 

Aunque muchos palomares se parezcan entre sí, no hay ninguno igual, pues cada uno tiene sus detalles, su personalidad, su forma peculiar que lo distingue del resto. Lo primero que se tenía en cuenta a la hora de levantar un palomar era su situación, fuera o dentro del pueblo, pero siempre orientado al mediodía para que el sol diera de lleno, algo al parecer imprescindible para las palomas. En el interior hay mil detalles que cuidar, especialmente en los que se refiere a la disposición de los nidales. Estos se disponen en las paredes del palomar a ‘tresbolillo’, con las celdas hechas con el juego de los abobes o excavados en el tapial, necesarias para que el ave anide y duerma resguardada de posibles enemigos naturales.

 

 

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Hay que hablar de la personalidad que de por sí tiene las construcciones de barro como el palomar, que adquiere un mayor valor plástico al considerarlo dentro del paisaje, con sus formas rotundas y simples, personalidad que en el caso del palomar aislado queda realzada por el protagonismo de su propia masa en un paisaje horizontal y despejado. Una característica que generalmente llega a constituir un denominador común en casi todas las edificaciones son los remates y adornos en forma de cenefas, celosías, pináculos… que casi sistemáticamente adornan las cumbreras y puntos altos de los palomares, cuya razón puede admitir más de una explicación ya que estos remates singulares podrían interpretarse como elementos para llamar la atención de las palomas en vuelo.

 

 

Palomares religiosos

A falta de los suficientes palomares que reúnan las condiciones mínimas de ‘habitabilidad’ y de dueños que los mantengan, en varios pueblos de la comarca se han habilitado de forma espontánea palomares en las iglesias que acogen a palomas huérfanas de vivienda, concretamente en torres, troneras, naves y capillas de los edificios religiosos, donde las aves encuentran las cavidades necesarias para pasar la noche y para anidar y criar su prole. La altura de estas torres/espadañas confiere la seguridad necesaria al hacerlas prácticamente inaccesibles. Las palomas encuentran un espacio libre de enemigos ‘de dos patas’, mientras que los depredadores naturales lo tienen realmente difícil. Eso sí, no hay aprovechamiento de pichones en estos palomares a no ser que las troneras tengan posibilidad de acceso y se cuente con el permiso parroquial para hacer inclusiones de descaste.

 

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No son las palomas tan sucias como las cigüeñas en lo que a las molestias con los templos se refiere, pero qué duda cabe que la palomina que generan también provoca alguna que otra gotera al bloquear las canales de las cubiertas que las aves utilizan como pistas de aterrizaje, despegue y solárium.

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